miércoles, 30 de abril de 2014

Capítulo 15



Su corazón palpitaba ajetreado mientras conducía a gran velocidad, casi como una loca, por las pocas carreteras que distaban de su casa.



En esta ocasión, las lágrimas no habían brotado de sus ojos como solía pasarle cuando cualquier contratiempo se presentaba en su vida, pero tenía el alma desgarrada… O quizás fuera su orgullo.




Aún no daba crédito a lo que había presenciado… “La estaba besando…” se martirizaba “¿Es ese el amor que me promete?” se auto preguntó sin dudar lo más mínimo en seguir pisando el acelerador a fondo… “Son todos iguales, unos mentirosos que sólo saben hacerme daño… ¡¿Cómo no me he dado cuenta antes?! ¡Si hasta mi propio padre es así!” exclamó, esta vez esbozando ya una mueca sollozante.




De golpe, frenó el automóvil provocando un ruidoso derrape que casi le hizo colisionar contra la reja que franqueaba los límites de su propia mansión.



Apoyó la cabeza contra el volante, y se quedó así durante unos segundos intentando asimilar lo que había visto.




Después, salió del coche sin tan siquiera cerrarlo. Todo le daba exactamente igual, estaba derrumbada y nunca se había sentido tan “miserable”.



Tambaleándose, logró acercarse lentamente hasta la puerta principal, cuando ésta se abrió…



- Fio ¿qué?... – la saludó un alegre Albert que salía en ese justo instante.




Ella, sin mirarle, entró cabizbaja con un gesto de amargura.




- Hey, ¿Qué te pasa? – insistió su hermano al darse cuenta de que algo no andaba bien.



- Por favor, déjame en paz… - susurró ella haciéndole un desaire.



- ¡Pero qué! ¡Qué coño te pasa! – gritó él acercándose para cogerla al tiempo que ella flojeaba de las piernas.



Entonces, las lágrimas brillaron en sus ojos.



- ¿Qué te ha pasado? – se preocupó al ver a su hermana tan desasosegada.




- ¡Te he dicho que nada! ¡¿Dónde está Judith cuando se la necesita?! – exclamó excitada.



Albert la cogió de los brazos y la sacudió brevemente pero con cierta energía… - ¡Cálmate! – le exigió y calló por unos segundos para proseguir  cuando ella le hubiese prestado la atención necesaria – Tranquilízate y cuéntame qué te pasa, por favor… - suplicó insistente.



Fiona seguía llorando desconsoladamente…




- Ha pasado algo con David, ¿no? – intentó sonsacarle, pues no se le ocurría que pudiera ser otra cosa.



Ella asintió y prosiguió con su llantina, aunque de forma más leve.



Realmente, todo lo que le ocurría no tenía nada que ver con David, aunque también estaba muy dolida con él. Sin embargo, ahora misma sólo podía pensar en la imagen de Stephan y “esa” besándose apasionadamente en la puerta de su casa.



Culpar a David tan solo fue el pretexto perfecto en ese momento, pues no permitiría que nadie, ni siquiera su propio hermano, se enterase de que se había liado con Stephan. Eso lo mantendría siempre en secreto y si a Stephan se le ocurría revelarlo lo negaría rotundamente.



Poco a poco, dejó de llorar y se limpió las lágrimas mientras su hermano le daba un pañuelo.



- ¿Vas a contarme lo que ha pasado? – volvió a la carga Albert.

 - Ya estoy mejor, de verdad… Ha sido uno de mis estúpidos arrebatos. No te preocupes hermano… - intentó disimular ahogando su pena...


 
– Sólo quiero descansar… - ultimó mientras se dirigía titubeante hacia su habitación.


- ¡¿Estás segura?! – espetó él sin confiar del todo en sus palabras.



Fiona asintió con una ligera sonrisa falsa.



- Pues debes saber que no me gusta verte así y que encima no me lo cuentes… Ya hablaré yo con David… - advirtió él mientras ella entraba en su habitación y cerraba la puerta.



Se acomodó sobre su cama y tan solo podía pensar en los labios de Stephan besándola aquel día con las hojas anaranjadas cayendo de los árboles junto a ellos.




Finalmente, se recostó e intentó conciliar el sueño…



Sí… Dormir era lo que necesitaba… Dormir y olvidar…



*******



Leo volvió de la compra bastante contento, en contraposición a como se había ido hacía un rato, y me invitó a que le ayudase a guardarla.



Entre los dos la metimos en la nevera y la despensa, aunque yo iba algo lenta en mis movimientos para sopesar si colocaba bien los productos.




Me sentía bien haciendo cosas por mí misma. Me proporcionaba seguridad, y en definitiva, de eso se trataba, de recuperar una normalidad en mi vida a pesar de mi borrosa visión y mis inexistentes recuerdos.



- ¿Tienes hambre? – preguntó Leo cuando hubimos terminado.




- Un poco… - le respondí – Pero me niego a que tú también tengas que cocinar… - le dije mostrando mi voluntad de querer ayudarle.




- De eso nada… Tú siéntate aquí que la cena está hecha. Falta nada más que hornearla… - espetó guiándome hasta la silla de nuevo para que me sentase.



- Leonardo, no soy una inútil total… Quiero ayudarte… - le respondí.




- Jajaja… - rió – Tienes toda la razón. Cuando recuperes tu visión normal te dejaré que me invites a una cena hecha por tí… - dijo intentando convencerme y desviar mi interés por ayudar.



Puse un gesto de contrariedad pero cedí y esperé a que me pusiera “la cena por delante”.



Minutos después de haber terminado, hicimos un “mini tour” por la casa bastante más detallado y minucioso que el inicial.



Me ayudó a hacerme con mi nuevo hogar y no tardé en habituarme y conocer su estructura y la ubicación de cada cosa, empezando por la propia cocina…



- Ya sabes que aquí poco vas a moverte… La nevera y como mucho la despensa para el desayuno, pues yo traeré la comida y la cena todos los días… - me explicó mientras salíamos de ella – Por favor te pido que no se te ocurra tocar los fogones, para eso estoy yo… - ultimó.



- Sí papá… - bromeé sonriente, pues sabía que sólo pretendía que no me dañase o tuviese algún accidente por no ver bien. Aunque me sentía muy en deuda con él por ayudarme tanto, su forma de actuar poco a poco parecía ir mermando en mí este sentimiento. 

Me mimaba demasiado, y eso me gustaba, pero al mismo tiempo quería demostrarle que no era una incompetente.




- No me hagas risas con esas cosas, eh… - dijo denotando una leve sonrisa.




Asentí y proseguimos con el resto de habitaciones…



Nos dirigimos esta vez al baño. Parecía ser bastante confortable y espacioso. Contaba con una bañera amplia y todo estaba a mano…




- En este mueble tienes un montón de toallas nuevas y limpias, además de productos de higiene personal. Y cuando quieras bañarte sólo tienes que abrir el grifo izquierdo. El agua sale siempre caliente, ya he hablado de eso con el casero… – explicó mientras nos dirigíamos esta vez hacia mi habitación.



- Debes estar gastando muchos simoleones en todo esto… Y no estoy totalmente cómoda por eso… - susurré.




- Ya te dije que eso es lo de menos. Eres más que mi paciente… Eres mi amiga, y los amigos se ayudan… - comentó mientras me guiaba hasta la cama – Prueba tu nuevo colchón… ¿Qué te parece? – me preguntó expectante.



Me recosté en la ancha cama y sentí su comodidad… - Es una cama de matrimonio… Muy grande para mí sola… - le dije – …pero es lo más confortable que recuerdo haber probado – ultimé.




- Perfecto… Cuando quieras ya puedes colocar tu ropa en los muebles a tu gusto – dijo.



Me incorporé y entreví que se dirigía hacia la cómoda para recoger algo…




- Beatrice, esto es importante… Aquí tienes un busca, relacionado directamente al mío… - me explicó mientras me daba el aparato – Cada vez que me necesites sólo tienes que presionar el botón más grande de los dos y vendré lo más rápido posible. Por cierto, te iba a preguntar si te importa que me quede yo con una de las llaves por si tengo que entrar algún día por cualquier urgencia… - me consultó algo titubeante.



- Leo… No quiero que te quedes una llave, quiero que te quedes tú, conmigo aquí… - le solté así, de golpe, tal como lo sentía, poniéndome en pie justo delante de él.




Se quedó callado por unos segundos… ¿Quizás se lo estaba pensando?...



“Qué cara la mía, ¿no?” me dije a mí misma. Ni siquiera sabía si tenía pareja o no, si estaba casado o comprometido, y le pedía que estuviese día y noche conmigo bajo el mismo techo… “Para eso me hubiese ido a vivir con él a su casa y se hubiese ahorrado muchos gastos…” pensé.



Pero, aunque me di perfecta cuenta de que era una proposición totalmente egoísta por mi parte, insistí…



- Sé que te quedas preocupado al irte dejándome aquí sola… Yo también me sentiré muy extraña cuando no estés... En el hospital por lo menos podía avisar a la enfermera si tenía algún problema, pero si tú te vas por las noches… - callé, evidenciando mi inseguridad.



Entonces, comprobé que miraba hacia otro lado…




- No puedo quedarme… - contestó tajante.



- ¿Te espera alguien en casa? Quiero decir… ¿Estás casado?... – le pregunté deseando no escuchar una respuesta afirmativa.




Leo quedó en silencio. Era evidente que no se esperaba la pregunta, pero si éramos amigos, me parecía justo saber más cosas sobre su vida privada, al menos las más básicas, sobre todo cuando sentía cada vez una mayor atracción hacia él.



- No… - susurró con tono desazonado.




Quedé mirándole algo incomoda, pues me di cuenta de que no quería contarme lo que le atormentaba y además yo había metido el dedo en la llaga.



- Perdona si he sido indiscreta… - me disculpé.




- No pasa nada… - suspiró hondo y retomó la conversación… - Vayamos a la sala de estar… - me propuso.




Después de indicarme la situación de la mesita, avisarme de que había una alfombra e invitarme a probar uno de los sillones, se acercó al equipo de música y el “click” de un botón sonó…




 
Comencé a oír una leve música que Leo graduó no muy fuerte, pero tampoco demasiado floja… Y la reconocí con tan sólo escuchar la primera nota…

- Claro de luna, de Bethoveen... - susurré ilusionada al tiempo que él vino y se acomodó junto a mí en el mullido sofá.



Me había quedado encandilada oyéndola, la conocía pero no la relacionaba con ningún recuerdo en especial…



- ¿Conoces la pieza? – me preguntó curioso, quizás pensando que algún recuerdo afloraría en mi memoria.



- Sí, y además me gusta mucho la música clásica… - le contesté carraspeando levemente. Lo cierto era que me estaba empezando a poner algo nerviosa teniéndole tan cerca de mí.



- ¿Te trae algún recuerdo?... – volvió a interrogarme.



- No, creo… Bueno, es que no sé, mi mente es un mar de confusiones que no sé interpretar exactamente – me expliqué – No he recordado nada al escucharla, pero sí me da la sensación de conocerla de siempre, es difícil de describir… - ultimé.



- Comprendo… Simplemente la he puesto porque a mí me parece una de las más hermosas piezas que existen... - matizó.

- Coincido totalmente... - alegué.

Callamos durante algunos segundos que parecieron una eternidad, al menos para mí...
- Bueno, cambiando de tema… ¿Estás contenta en esta casa? ¿Te es cómoda? – se interesó.



- Por supuesto… Y aunque te resulte pesada, te doy nuevamente las gracias por todo lo que haces por mí cada día... – le agradecí una vez más, pues todos los reconocimientos que le daba me seguían pareciendo pocos...




- ¿Cómo anda tu visión? Supongo que cada vez ves mejor, ¿no? – me interrogó.




- Sí, sobre todo por las mañanas, parece que veo con más nitidez, pero aún percibo todo muy borroso… - susurré despreocupada.



Al fin y al cabo, ya estaba acostumbrada a vivir así, y gracias a esto, parecí desarrollar o afinar más los otros sentidos, sobre todo el olfato y el oído, aunque también el tacto, llegándome a dar cuenta de que a través de ellos se pueden sentir cosas que quizás nos pasan desapercibidas día a día por dar más importancia al sentido de la vista.



Por ejemplo, algo que me atraía bastante de Leo era su olor corporal. Era muy especial y me seducía cada vez más.



Podía percibirlo perfectamente ahora, que estábamos bastante cerca el uno del otro, aunque como siempre, él mantenía una barrera invisible pero perfectamente perceptible que impedía nuestro acercamiento más allá de ella.



- No pretendo inmiscuirme en tu vida, Beatrice, pero antes que tu médico soy tu amigo, y si necesitas contarme tus dudas, inquietudes, sensaciones o cualquier otra cosa que desees o te preocupe, puedes consultarme lo que sea, sin temor a ser incomprendida… Mi misión es que recuperes cuanto antes tu vida y tus recuerdos... - afirmó de repente mientras yo recordaba el flashback de imágenes que tuve al entrar en la casa esa misma tarde, con esas ropas tan excéntricas que vi en ellas.




- Entiendo... Pero… - dudé si contárselo por un instante – …a veces rememoro cosas que realmente no recuerdo… No sé si me entiendes… Algunas cosas "raras" que no me cuadran con la realidad... Dios, estoy loca… - dije con cierta desesperación.



- Jamás digas eso otra vez. No estás loca, lo que te pasa es muy normal y sabes que puedes confiar en mí si necesitas desahogarte… Yo te entiendo perfectamente... - aseguró proporcionándome tranquilidad - Verás, tu mente ahora mismo es como un puzzle de recuerdos, que te van asaltando aleatoriamente. En esto influye también tu día a día, porque si haces algo que has hecho con anterioridad, es normal que fluyan sus recuerdos... Poco a poco irás recopilando las piezas de ese puzzle y podrás entender tu vida, tu realidad... - dijo mirándome muy fijamente, tanto, que casí notaba su vista penetrando en lo más profundo de mí.




Quizás no podía verle con nitidez, pero muy a menudo me daba la sensación de que me observaba durante largo rato.



Volvimos a quedarnos callados por unos segundos hasta que él volvió a "romper el hielo"...


- S-siento haber sido tan cortante antes cuando me abrazaste… - dijo de repente provocándome una sensación de quemazón que me recorrió rápidamente de los pies a la cabeza - Supongo que todos necesitamos un achuchón en ocasiones… Me he comportado como un crío… - susurró con cierto tono alicaído.



- Yo… Siento haberte molestado por eso, pero casi fue un acto reflejo… - me estremecí al sentirle de repente muy junto a mí… Prácticamente pegados el uno al otro...



Estaba entre sus brazos y con apenas unos milímetros distando entre nuestros corazones, que latían casi al unísono.




Dejé que mis manos, ávidas, hiciesen lo propio y se entrelazasen pegando su torso al mío... Cerré los ojos y aproveché para sentirle y apropiarme de su aroma.

Le olí intensamente pegando mi rostro a su cuello. Entonces, tras unos instantes, me atreví a rozar su tersa piel con mis labios, muy despacio, mientras subía, muy lentamente.



Él no se opuso en esta ocasión, pareciendo incluso haber derribado el muro que nos distanciaba mientras enredaba ligeramente sus dedos en mi pelo y me atraía cada vez más contra su pecho.

El contacto era demasiado estrecho y recíproco.


El deseo me invadía gradualmente, y la necesidad de fundirme en su boca era cada vez mayor.



Besé despacio su mejilla y me acerqué tanto a sus labios que noté perfectamente cómo su respiración rozaba los míos…




Pero cuando apenas se tocaron, no lo consintió, y se retiró de mí bruscamente…



- Debo irme… - se excusó poniéndose en pie.



Me quedé cabizbaja y realmente avergonzada… ¿Cómo se me había ocurrido dar rienda suelta a mis emociones? ¿Qué habría podido pensar de mí?... Fuera como fuese, no quería que se marchase… Sentía que el mundo se me caería encima…



- Por favor, quédate… - le supliqué – Te prometo que no volverá a suceder, perdóname… - me disculpé.



- No tengo nada que perdonarte, sino más bien al revés… - susurró mientras percibí que su nariz aspiraba con cierta humedad… ¿Acaso estaba llorando?... Entonces miré su rostro y vagamente le vi tocárselo con las manos como si estuviese retirándose las lágrimas. 


Estaba afectado por lo sucedido, pero… ¿Tan mal le había sentado mi atrevimiento?




- Cuéntame qué te atormenta, Leo… Quizás pueda ayudarte… - me ofrecí, angustiada por verle sufrir. 

Estaba claro que lo había pasado mal con alguien, pero si me pedía confianza en él, era justo que él también confiase en mí…



- Lo siento, no puedo quedarme… - dijo alejándose de mi lado mientras yo intentaba seguirle con la mirada – Recuerda que si surge cualquier cosa sólo tienes que apretar el botón grande del busca, y ya sabes que no importa qué hora sea, me avisas, por favor… - se despidió mientras se perdía entre las puertas del ascensor.




*******



No podía dejarse llevar. ¡NO!... Se repitió mentalmente mientras intentaba sosegarse recostando la cabeza en la pared del ascensor.




La necesitaba tanto…


Tanto que no podía hacerle daño de esa manera…


Tanto que no tenía derecho a irrumpir en su vida y apropiarse de sus sentimientos aprovechando su necesidad de cariño…


Tanto que le dolía tener que irse de allí…


Tanto que sintió por un instante que era capaz de olvidarse de Madison




¡NO!... No quería escucharse decir esas palabras.



Madison… 

No podía olvidarla por nada en el mundo, no quería olvidarla, se obligaba a ello, pero ante Beatrice era débil y no podría retener más sus sentimientos… 




Y aunque consiguió reprimirse en esa ocasión, era consciente de que no sería capaz de seguir apartándose de quien había conseguido robar de nuevo su vida y su alma...

Beatrice... 

*******

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jueves, 10 de abril de 2014

Capítulo 14



Días más tarde…

El fin de semana pasó enseguida y David volvió a la Universidad, que se encontraba a unos pocos kilómetros de Twinbrook, por lo que apenas le llevó media hora de viaje.


Empezaban las clases de nuevo y ya anhelaba establecer otra vez la rutina de la vida universitaria y reencontrarse con sus compañeros.

Pero sobre todo deseaba compartir sus recientes estudios con uno de sus profesores, el Dr. Rodson, Catedrático en Microbiología.

David se había especializado en Bioquímica y verdaderamente se le daba bastante bien. Como estudiante era muy entregado, responsable, analítico, observador y bastante sobresaliente respecto a sus compañeros.

Estaba a punto de comenzar su último año de carrera, y en el curso anterior había obtenido matrícula de honor. Sus profesores se sentían muy orgullosos de él, en especial Rodson, para el que, más que un alumno, era prácticamente un colega que le sorprendía cada día con sus avances.

De repente, una voz conocida sorprendió a David que se dirigía hacia la residencia universitaria…

- ¡Hola David! – exclamó Michael - ¿Preparado para el último año de carrera? – prosiguió sonriente mientras inspiraba fuertemente pareciendo ser él mismo quien se preparaba para ello.

- Vaya Mich, ¿qué tal este verano? – le preguntó amistosamente David mientras le profesaba un fuerte abrazo. 


- Bien, bien… ¿Y tú qué tal? – le interrogó curioso su amigo devolviéndole el abrazo con sinceridad.

- Bueno… Ya te contaré… Lo que sí puedo decirte es que vengo con las pilas cargadas y no quiero fiestas continuas como el curso pasado, eh… - le advirtió medio en broma.


- Tú sabes que la Universidad, sin fiestas, es como un jardín sin flores David… - ultimó Mich.


Michael era un “niño de papá y mamá” de Sunset Valley, pero su familia no era tan importante y de tanto renombre como los Feller.

Además, Mich era más sensato y responsable que Albert, al menos en lo que respecta a  sus estudios.

- Este último curso me gustaría coger una habitación algo más tranquila, al final del pasillo si puede ser… – comentó David.


- Sí, ya veo que vienes en plan “tiquismiquis”… - rió casi murmurando lo que decía – Por cierto, me han comentado que este año hay un intercambio de una universidad italiana, tío… – susurró Mich evidenciando cierta ilusión.


- Estupendo, siempre me ha gustado Italia... – respondió David gratamente sorprendido.

- A mí, más que Italia, las italianas, que están para mojar pan… Y además he oído que son bastante salidillas, así que nos vamos a poner las botas… - fantaseó Michael.


- Veo que cada vez vas a peor, siempre pensando en lo mismo… Me recuerdas a Albert… - comentó David.

- Yo soy más guapo… - bromeó – Por cierto, ¿cómo está? Me refiero a Albert… - aclaró.


- Como siempre, sacándose la carrera a base de talonario, así que no lo verás por aquí… - comentó David.

- No sé cómo puede llegar a ser médico una persona que no tiene ni puta idea de cuáles son los síntomas de una simple varicela. Me parece totalmente espeluznante que algún hospital lo acepte en su plantilla… - dijo Michael expresando con rotundidad la falta de profesionalidad de la familia Feller.

- No sé si realmente algún día lo veremos ejerciendo, pero si llega a ser así prefiero no ser yo quien caiga enfermo – comentó David.


- La verdad es que creo que no hay nadie como tú en esta Universidad, David. Sinceramente te admiro por cómo te tomas tus estudios. Envidio tu forma de enfocar el futuro y te auguro uno bastante espectacular… – le confesó su amigo mientras le propinaba un leve "puñetazo amistoso" en el pecho.


Pero para David, más que su futuro medio de vida, la carrera era un fin en sí mismo, una meta a alcanzar para poder, algún día, encontrar la cura contra los males que asolan a la humanidad, como el cáncer que desdichadamente le arrebató a su madre en su infancia…

Para poder experimentar, David contaba con la inestimable ayuda del Dr. Rodson, que le había cedido el laboratorio. Así, podía investigar lo que quisiera cuando desease, y allí fue donde comenzó, a primeros de ese mismo verano, a trabajar sobre una encima de la que estaba convencido que podría obtener resultados interesantes para elaborar diferentes fármacos nuevos y totalmente innovadores, que podrían incluso sanar ciertas afecciones incurables hasta entonces en tan sólo unas pocas semanas.

Esta era su teoría y estaba dispuesto a demostrarla, aunque aún tenían mucho que estudiar antes de poder decir “Eureka”.

*******

- Buenos días Beatrice. ¿Estás preparada para empezar una nueva etapa en tu vida? – preguntó Leonardo al tiempo que entraba a la habitación y se acercó a mí.


Su voz podía denotar cierta… ¿ilusión?... No sabría definirlo bien, pero parecía contento.

- S-sí, lo estoy… – respondí al tiempo que mi corazón se aceleraba al pensar en sus palabras. 


- Pues venga, vámonos – dijo firme mientras sujetaba mi pequeña maleta con una mano y me ofrecía la otra.


Aún no veía con suficiente claridad, pero sí podía apreciar ciertos gestos o movimientos. Así que me cogí a su brazo y salimos de la habitación.

Las voces de las enfermeras se despedían de mí efusivamente. Fue grato ver que había gente que me apreciaba. Y, aunque mi trato con ellas había sido escaso, me daba cierta pena irme de allí.

Les di las gracias por todo lo bien que se habían portado conmigo durante mi estancia en el hospital y salimos del edificio.

- Bueno, vamos dirección a tu casa. Queda cerca de la mía, a tan solo una manzana. Es un piso pequeño, acogedor, y está acondicionado con todo lo que necesitas – me dijo Leo mientras nos dirigíamos hacia su automóvil.


Sonreí agradecida pero a la vez me sentía algo incómoda sabiendo que se estaba tomando tantas molestias por mi culpa.

Acto seguido, entramos en el coche, arrancó y encendió el reproductor de cd’s. Estuvimos escuchando música que no conocía o que al menos no recordaba. No obstante, amenizó el camino hasta “mi casa” mientras él tarareaba a ratos. 


Su voz era cálida y a la vez varonil, y no desafinaba para nada. La verdad era que cada vez me sentía mejor estando a su lado…

- Hemos llegado. En casa te espera una sorpresa… - dijo de repente mientras detenía el vehículo.

Subimos en un santiamén gracias al ascensor… Por lo visto viviría en un décimo piso.


Se abrió la puerta despacio y me invitó a entrar.

Accedí y lo primero que noté fue un agradable aroma y luminosidad. Las primeras impresiones eran buenas y poco a poco iba tomando más confianza mientras me adentraba en mi nuevo hogar.


Leo, al tiempo, iba dándome indicaciones sobre la situación de las habitaciones y del mobiliario, pero llegó un momento en que parecía escucharle muy lejano, como si estuviese en otra esfera…


*******
- Es preciosa… La mejor casa que podemos tener... – me oigo ilusionada.


- Te amo... – me dice él mientras me besa con delicadeza.


Sus labios tersos y suaves me hacen estremecer.

Inesperadamente, mi mano roza mi vientre mientras se aprecia perfectamente una de sus pataditas.


Entonces, ambos nos reímos felices.

Un sentimiento de felicidad me inunda proporcionándome la plenitud…

*******
- ¿Te ocurre algo? ¿Quizás algún recuerdo? Te noto triste… - dijo trayéndome de nuevo a la realidad.


- Leo… Yo… No me cansaré de agradecerte todo lo que... - le decía cuando me interrumpió.


- Beatrice, no quiero que te sientas en deuda conmigo. Voy a serte sincero… No sé bien por qué, pero… Te he cogido demasiado cariño. No permitiré que lo pases mal y... Simplemente quiero que puedas confiar en mí y que te recuperes del todo para que tomes las riendas de tu vida. Conmigo siempre contarás y no lo hago para que me des nada a cambio… – dijo de sopetón mientras yo tragaba saliva sin saber si orientar mi mirada hacia él o no.

Me hacía sentir algo cada vez más fuerte por él, e intuía que él por mi también, pero siempre parecía marcar unos límites que me impedían un mayor acercamiento.

De repente algo cosquilleó mis piernas…

- ¡Vaya!... Aquí está tu sorpresa – comentó él agachándose para recoger del suelo a la bolita peluda – Te acuerdas de él, ¿verdad? – me preguntó acercándome el cachorrito.


Lo arrullé entre mis manos y me lo acerqué a la cara para notar su suavidad en mi rostro… - Claro que lo recuerdo – contesté.


- Pues es tuyo. Te hará compañía cuando yo no esté. Ve pensando qué nombre quieres ponerle… – me propuso.


Asentí y acto seguido se lo dije – Bruno… ¿Te parece bien? – ultimé pidiéndole su parecer.

- No, no… Aquí mandas tú – rió.

No pude evitarlo más y me decidí a abrazarle repentinamente. Lo necesitaba, deseaba que él me correspondiese y sentir su calor…

Al principio no lo hizo, parecía haberse quedado de piedra durante unos segundos, pero finalmente noté cómo sus brazos me rodeaban. Me sentía tan protegida y segura a su lado que me atreví a orientar mi rostro hacia el suyo…


- Ehhmm... - carraspeó - Me da la sensación de que te gusta todo esto, y me alegro, esa es mi intención... – dijo mientras se separaba de mí disimuladamente sin permitir el más mínimo acercamiento.


Me quedé mirándole fijamente, y, aunque poco vislumbraba, sí podía perfilar más o menos su cara. Quería saber qué gesto ponía... "Quizás le haya sentado mal que le abrace...", pensé...


- No puedes definir mi rostro, ¿cierto? – dijo.

Afirmé con algo de vergüenza… Siempre parecía adivinar mis pensamientos. Entonces, pude notar cómo cogía mi mano izquierda y la ponía sobre su faz, provocando que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran.


Me quedé totalmente paralizada, no sabía bien qué pretendía con eso, pero poco a poco fui palpando con suavidad todos los detalles de su cara, sus ojos, su nariz y por último sus labios… No me quise detener demasiado en ellos, pues notaba cómo cada vez me entraban más ganas de besarlos.

- Ya que no puedes verme con los ojos, puedes hacerlo con tus manos… - susurró – Ya sabes que te aprecio Beatrice, y puedes contar conmigo para lo que sea, pero no debemos confundir nuestras emociones… Ni tú, ni yo… Quiero que lo nuestro sea amistad verdadera y que haya confianza entre ambos… - dijo mientras mi corazón palpitaba ajetreadamente y casi saliéndose de mi pecho.


Si quería que lo nuestro fuera amistad debería guardar las distancias conmigo, porque él, a mí, me estaba empezando a hacer falta de otra forma…

– Voy abajo a comprar alguna cosa de comer que la nevera está vacía. Es lo único que no he podido hacer aún. Tú quédate aquí tranquilamente o si quieres puedes ducharte, estás en tu casa… Y yo volveré en un rato, ¿de acuerdo? – ultimó mientras yo asentía cabizbaja.

*******

El efecto del alcohol nublaba su vista. Estaba asolado por lo que había ocurrido con Fiona hacía dos días, y además no había vuelto a verla desde entonces.

No obstante, tuvo la tentación de ir a su casa en varias ocasiones y pedirle perdón por haber sido descarado con ella, pero al mismo tiempo algo le decía en su interior que debía guardar algo de orgullo esta vez, y que si lo hacía lo perdería por completo.

- Hola guapo. ¿Qué haces tan solo?... – escuchó que le decía una voz femenina.


Se giró para ver quién era y vio a Fiona, aunque parecía un poco diferente… El alcohol se ocupaba de sus sensaciones y su pensamiento…


- Tú eres un Ashley, ¿verdad? – le preguntó ella reconociendo su rostro, pues la familia Ashley en Bridgeport era conocida por poseer los principales medios de comunicación, y Stephan tenía toda la cara de su padre.

- A-a qué viene… Ahora esa pregun-gun-gunta… ¡Hiippp! Sabes perfectamente quién soy... – contestó él borracho como una cuba volviendo a tomar un trago de la copa.


- ¿No crees que ya has bebido bastante por esta tarde? – dijo ella retirando con cuidado la copa de la mano de Stephan.

Había estado observándolo durante largo rato y no tenía pensado que se le escapase, pensaba seducirle.


Se le acercó más aún y se atrevió a besarle en la comisura de la boca… - ¿Cómo te llamas? – le interrogó.

- De verdad… No-no entien-do que me preguntes eso, vas a v-vol-volverme loco Fiona… - contestó él levantándose al mismo tiempo de la silla alta tan mareado que casi se precipitó hacia el suelo si no hubiera sido por la chica que lo sujetó justo a tiempo.

- ¿A dónde vas? ¿Quieres que te lleve a otro sitio? – le propuso.

Stephan la miró con la vista nublada y afirmó.

*******

- ¿Por qué no me coges el teléfono, David? – murmuró Fiona en alto mientras lanzaba el teléfono hacia el suelo - ¿Tan ocupado estás?... – prosiguió.


Llevaba un buen rato intentando establecer comunicación con él pero éste no respondía a las más de veinte llamadas que le había hecho durante la última media hora.

Se sentó en el filo de su cama, cabizbaja, mientras pensaba en las cosas que más la torturaban. Se imaginaba a su novio con otra chica, la supuesta receptora de ese extraño colgante que encontró en su mochila, mientras la sangre le hervía…

Las lágrimas y la impotencia hicieron aparición tras unos segundos y automáticamente la imagen de Stephan le vino a la mente.


Sin saber por qué, empezó a dedicar su pensamiento a éste último, a sus besos y sus manos acariciándola,…

- ¡Basta ya! – gritó repentinamente ordenándose a sí misma no seguir pensando en él, pero era inevitable… Las imágenes retumbaban en su memoria involuntariamente…

Miró el reloj y sin pensarlo mucho más salió de la mansión dirección a casa de Stephan.


Éste vivía a pocas manzanas de ella, pues casi todos los “ricachones” de Bridgeport residían en el mismo barrio, así que llegó en seguida.

Detuvo su Ferrari en la gravilla del exterior de la casa y anduvo hacia la reja cuando se encontró con una escena que le impactó…


Se quedó quieta mirando cómo Stephan se besaba apasionadamente con otra chica...


 Por primera vez sintió un gran sentimiento de frustración que le hirió en lo más profundo.

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