miércoles, 30 de abril de 2014

Capítulo 15



Su corazón palpitaba ajetreado mientras conducía a gran velocidad, casi como una loca, por las pocas carreteras que distaban de su casa.



En esta ocasión, las lágrimas no habían brotado de sus ojos como solía pasarle cuando cualquier contratiempo se presentaba en su vida, pero tenía el alma desgarrada… O quizás fuera su orgullo.




Aún no daba crédito a lo que había presenciado… “La estaba besando…” se martirizaba “¿Es ese el amor que me promete?” se auto preguntó sin dudar lo más mínimo en seguir pisando el acelerador a fondo… “Son todos iguales, unos mentirosos que sólo saben hacerme daño… ¡¿Cómo no me he dado cuenta antes?! ¡Si hasta mi propio padre es así!” exclamó, esta vez esbozando ya una mueca sollozante.




De golpe, frenó el automóvil provocando un ruidoso derrape que casi le hizo colisionar contra la reja que franqueaba los límites de su propia mansión.



Apoyó la cabeza contra el volante, y se quedó así durante unos segundos intentando asimilar lo que había visto.




Después, salió del coche sin tan siquiera cerrarlo. Todo le daba exactamente igual, estaba derrumbada y nunca se había sentido tan “miserable”.



Tambaleándose, logró acercarse lentamente hasta la puerta principal, cuando ésta se abrió…



- Fio ¿qué?... – la saludó un alegre Albert que salía en ese justo instante.




Ella, sin mirarle, entró cabizbaja con un gesto de amargura.




- Hey, ¿Qué te pasa? – insistió su hermano al darse cuenta de que algo no andaba bien.



- Por favor, déjame en paz… - susurró ella haciéndole un desaire.



- ¡Pero qué! ¡Qué coño te pasa! – gritó él acercándose para cogerla al tiempo que ella flojeaba de las piernas.



Entonces, las lágrimas brillaron en sus ojos.



- ¿Qué te ha pasado? – se preocupó al ver a su hermana tan desasosegada.




- ¡Te he dicho que nada! ¡¿Dónde está Judith cuando se la necesita?! – exclamó excitada.



Albert la cogió de los brazos y la sacudió brevemente pero con cierta energía… - ¡Cálmate! – le exigió y calló por unos segundos para proseguir  cuando ella le hubiese prestado la atención necesaria – Tranquilízate y cuéntame qué te pasa, por favor… - suplicó insistente.



Fiona seguía llorando desconsoladamente…




- Ha pasado algo con David, ¿no? – intentó sonsacarle, pues no se le ocurría que pudiera ser otra cosa.



Ella asintió y prosiguió con su llantina, aunque de forma más leve.



Realmente, todo lo que le ocurría no tenía nada que ver con David, aunque también estaba muy dolida con él. Sin embargo, ahora misma sólo podía pensar en la imagen de Stephan y “esa” besándose apasionadamente en la puerta de su casa.



Culpar a David tan solo fue el pretexto perfecto en ese momento, pues no permitiría que nadie, ni siquiera su propio hermano, se enterase de que se había liado con Stephan. Eso lo mantendría siempre en secreto y si a Stephan se le ocurría revelarlo lo negaría rotundamente.



Poco a poco, dejó de llorar y se limpió las lágrimas mientras su hermano le daba un pañuelo.



- ¿Vas a contarme lo que ha pasado? – volvió a la carga Albert.

 - Ya estoy mejor, de verdad… Ha sido uno de mis estúpidos arrebatos. No te preocupes hermano… - intentó disimular ahogando su pena...


 
– Sólo quiero descansar… - ultimó mientras se dirigía titubeante hacia su habitación.


- ¡¿Estás segura?! – espetó él sin confiar del todo en sus palabras.



Fiona asintió con una ligera sonrisa falsa.



- Pues debes saber que no me gusta verte así y que encima no me lo cuentes… Ya hablaré yo con David… - advirtió él mientras ella entraba en su habitación y cerraba la puerta.



Se acomodó sobre su cama y tan solo podía pensar en los labios de Stephan besándola aquel día con las hojas anaranjadas cayendo de los árboles junto a ellos.




Finalmente, se recostó e intentó conciliar el sueño…



Sí… Dormir era lo que necesitaba… Dormir y olvidar…



*******



Leo volvió de la compra bastante contento, en contraposición a como se había ido hacía un rato, y me invitó a que le ayudase a guardarla.



Entre los dos la metimos en la nevera y la despensa, aunque yo iba algo lenta en mis movimientos para sopesar si colocaba bien los productos.




Me sentía bien haciendo cosas por mí misma. Me proporcionaba seguridad, y en definitiva, de eso se trataba, de recuperar una normalidad en mi vida a pesar de mi borrosa visión y mis inexistentes recuerdos.



- ¿Tienes hambre? – preguntó Leo cuando hubimos terminado.




- Un poco… - le respondí – Pero me niego a que tú también tengas que cocinar… - le dije mostrando mi voluntad de querer ayudarle.




- De eso nada… Tú siéntate aquí que la cena está hecha. Falta nada más que hornearla… - espetó guiándome hasta la silla de nuevo para que me sentase.



- Leonardo, no soy una inútil total… Quiero ayudarte… - le respondí.




- Jajaja… - rió – Tienes toda la razón. Cuando recuperes tu visión normal te dejaré que me invites a una cena hecha por tí… - dijo intentando convencerme y desviar mi interés por ayudar.



Puse un gesto de contrariedad pero cedí y esperé a que me pusiera “la cena por delante”.



Minutos después de haber terminado, hicimos un “mini tour” por la casa bastante más detallado y minucioso que el inicial.



Me ayudó a hacerme con mi nuevo hogar y no tardé en habituarme y conocer su estructura y la ubicación de cada cosa, empezando por la propia cocina…



- Ya sabes que aquí poco vas a moverte… La nevera y como mucho la despensa para el desayuno, pues yo traeré la comida y la cena todos los días… - me explicó mientras salíamos de ella – Por favor te pido que no se te ocurra tocar los fogones, para eso estoy yo… - ultimó.



- Sí papá… - bromeé sonriente, pues sabía que sólo pretendía que no me dañase o tuviese algún accidente por no ver bien. Aunque me sentía muy en deuda con él por ayudarme tanto, su forma de actuar poco a poco parecía ir mermando en mí este sentimiento. 

Me mimaba demasiado, y eso me gustaba, pero al mismo tiempo quería demostrarle que no era una incompetente.




- No me hagas risas con esas cosas, eh… - dijo denotando una leve sonrisa.




Asentí y proseguimos con el resto de habitaciones…



Nos dirigimos esta vez al baño. Parecía ser bastante confortable y espacioso. Contaba con una bañera amplia y todo estaba a mano…




- En este mueble tienes un montón de toallas nuevas y limpias, además de productos de higiene personal. Y cuando quieras bañarte sólo tienes que abrir el grifo izquierdo. El agua sale siempre caliente, ya he hablado de eso con el casero… – explicó mientras nos dirigíamos esta vez hacia mi habitación.



- Debes estar gastando muchos simoleones en todo esto… Y no estoy totalmente cómoda por eso… - susurré.




- Ya te dije que eso es lo de menos. Eres más que mi paciente… Eres mi amiga, y los amigos se ayudan… - comentó mientras me guiaba hasta la cama – Prueba tu nuevo colchón… ¿Qué te parece? – me preguntó expectante.



Me recosté en la ancha cama y sentí su comodidad… - Es una cama de matrimonio… Muy grande para mí sola… - le dije – …pero es lo más confortable que recuerdo haber probado – ultimé.




- Perfecto… Cuando quieras ya puedes colocar tu ropa en los muebles a tu gusto – dijo.



Me incorporé y entreví que se dirigía hacia la cómoda para recoger algo…




- Beatrice, esto es importante… Aquí tienes un busca, relacionado directamente al mío… - me explicó mientras me daba el aparato – Cada vez que me necesites sólo tienes que presionar el botón más grande de los dos y vendré lo más rápido posible. Por cierto, te iba a preguntar si te importa que me quede yo con una de las llaves por si tengo que entrar algún día por cualquier urgencia… - me consultó algo titubeante.



- Leo… No quiero que te quedes una llave, quiero que te quedes tú, conmigo aquí… - le solté así, de golpe, tal como lo sentía, poniéndome en pie justo delante de él.




Se quedó callado por unos segundos… ¿Quizás se lo estaba pensando?...



“Qué cara la mía, ¿no?” me dije a mí misma. Ni siquiera sabía si tenía pareja o no, si estaba casado o comprometido, y le pedía que estuviese día y noche conmigo bajo el mismo techo… “Para eso me hubiese ido a vivir con él a su casa y se hubiese ahorrado muchos gastos…” pensé.



Pero, aunque me di perfecta cuenta de que era una proposición totalmente egoísta por mi parte, insistí…



- Sé que te quedas preocupado al irte dejándome aquí sola… Yo también me sentiré muy extraña cuando no estés... En el hospital por lo menos podía avisar a la enfermera si tenía algún problema, pero si tú te vas por las noches… - callé, evidenciando mi inseguridad.



Entonces, comprobé que miraba hacia otro lado…




- No puedo quedarme… - contestó tajante.



- ¿Te espera alguien en casa? Quiero decir… ¿Estás casado?... – le pregunté deseando no escuchar una respuesta afirmativa.




Leo quedó en silencio. Era evidente que no se esperaba la pregunta, pero si éramos amigos, me parecía justo saber más cosas sobre su vida privada, al menos las más básicas, sobre todo cuando sentía cada vez una mayor atracción hacia él.



- No… - susurró con tono desazonado.




Quedé mirándole algo incomoda, pues me di cuenta de que no quería contarme lo que le atormentaba y además yo había metido el dedo en la llaga.



- Perdona si he sido indiscreta… - me disculpé.




- No pasa nada… - suspiró hondo y retomó la conversación… - Vayamos a la sala de estar… - me propuso.




Después de indicarme la situación de la mesita, avisarme de que había una alfombra e invitarme a probar uno de los sillones, se acercó al equipo de música y el “click” de un botón sonó…




 
Comencé a oír una leve música que Leo graduó no muy fuerte, pero tampoco demasiado floja… Y la reconocí con tan sólo escuchar la primera nota…

- Claro de luna, de Bethoveen... - susurré ilusionada al tiempo que él vino y se acomodó junto a mí en el mullido sofá.



Me había quedado encandilada oyéndola, la conocía pero no la relacionaba con ningún recuerdo en especial…



- ¿Conoces la pieza? – me preguntó curioso, quizás pensando que algún recuerdo afloraría en mi memoria.



- Sí, y además me gusta mucho la música clásica… - le contesté carraspeando levemente. Lo cierto era que me estaba empezando a poner algo nerviosa teniéndole tan cerca de mí.



- ¿Te trae algún recuerdo?... – volvió a interrogarme.



- No, creo… Bueno, es que no sé, mi mente es un mar de confusiones que no sé interpretar exactamente – me expliqué – No he recordado nada al escucharla, pero sí me da la sensación de conocerla de siempre, es difícil de describir… - ultimé.



- Comprendo… Simplemente la he puesto porque a mí me parece una de las más hermosas piezas que existen... - matizó.

- Coincido totalmente... - alegué.

Callamos durante algunos segundos que parecieron una eternidad, al menos para mí...
- Bueno, cambiando de tema… ¿Estás contenta en esta casa? ¿Te es cómoda? – se interesó.



- Por supuesto… Y aunque te resulte pesada, te doy nuevamente las gracias por todo lo que haces por mí cada día... – le agradecí una vez más, pues todos los reconocimientos que le daba me seguían pareciendo pocos...




- ¿Cómo anda tu visión? Supongo que cada vez ves mejor, ¿no? – me interrogó.




- Sí, sobre todo por las mañanas, parece que veo con más nitidez, pero aún percibo todo muy borroso… - susurré despreocupada.



Al fin y al cabo, ya estaba acostumbrada a vivir así, y gracias a esto, parecí desarrollar o afinar más los otros sentidos, sobre todo el olfato y el oído, aunque también el tacto, llegándome a dar cuenta de que a través de ellos se pueden sentir cosas que quizás nos pasan desapercibidas día a día por dar más importancia al sentido de la vista.



Por ejemplo, algo que me atraía bastante de Leo era su olor corporal. Era muy especial y me seducía cada vez más.



Podía percibirlo perfectamente ahora, que estábamos bastante cerca el uno del otro, aunque como siempre, él mantenía una barrera invisible pero perfectamente perceptible que impedía nuestro acercamiento más allá de ella.



- No pretendo inmiscuirme en tu vida, Beatrice, pero antes que tu médico soy tu amigo, y si necesitas contarme tus dudas, inquietudes, sensaciones o cualquier otra cosa que desees o te preocupe, puedes consultarme lo que sea, sin temor a ser incomprendida… Mi misión es que recuperes cuanto antes tu vida y tus recuerdos... - afirmó de repente mientras yo recordaba el flashback de imágenes que tuve al entrar en la casa esa misma tarde, con esas ropas tan excéntricas que vi en ellas.




- Entiendo... Pero… - dudé si contárselo por un instante – …a veces rememoro cosas que realmente no recuerdo… No sé si me entiendes… Algunas cosas "raras" que no me cuadran con la realidad... Dios, estoy loca… - dije con cierta desesperación.



- Jamás digas eso otra vez. No estás loca, lo que te pasa es muy normal y sabes que puedes confiar en mí si necesitas desahogarte… Yo te entiendo perfectamente... - aseguró proporcionándome tranquilidad - Verás, tu mente ahora mismo es como un puzzle de recuerdos, que te van asaltando aleatoriamente. En esto influye también tu día a día, porque si haces algo que has hecho con anterioridad, es normal que fluyan sus recuerdos... Poco a poco irás recopilando las piezas de ese puzzle y podrás entender tu vida, tu realidad... - dijo mirándome muy fijamente, tanto, que casí notaba su vista penetrando en lo más profundo de mí.




Quizás no podía verle con nitidez, pero muy a menudo me daba la sensación de que me observaba durante largo rato.



Volvimos a quedarnos callados por unos segundos hasta que él volvió a "romper el hielo"...


- S-siento haber sido tan cortante antes cuando me abrazaste… - dijo de repente provocándome una sensación de quemazón que me recorrió rápidamente de los pies a la cabeza - Supongo que todos necesitamos un achuchón en ocasiones… Me he comportado como un crío… - susurró con cierto tono alicaído.



- Yo… Siento haberte molestado por eso, pero casi fue un acto reflejo… - me estremecí al sentirle de repente muy junto a mí… Prácticamente pegados el uno al otro...



Estaba entre sus brazos y con apenas unos milímetros distando entre nuestros corazones, que latían casi al unísono.




Dejé que mis manos, ávidas, hiciesen lo propio y se entrelazasen pegando su torso al mío... Cerré los ojos y aproveché para sentirle y apropiarme de su aroma.

Le olí intensamente pegando mi rostro a su cuello. Entonces, tras unos instantes, me atreví a rozar su tersa piel con mis labios, muy despacio, mientras subía, muy lentamente.



Él no se opuso en esta ocasión, pareciendo incluso haber derribado el muro que nos distanciaba mientras enredaba ligeramente sus dedos en mi pelo y me atraía cada vez más contra su pecho.

El contacto era demasiado estrecho y recíproco.


El deseo me invadía gradualmente, y la necesidad de fundirme en su boca era cada vez mayor.



Besé despacio su mejilla y me acerqué tanto a sus labios que noté perfectamente cómo su respiración rozaba los míos…




Pero cuando apenas se tocaron, no lo consintió, y se retiró de mí bruscamente…



- Debo irme… - se excusó poniéndose en pie.



Me quedé cabizbaja y realmente avergonzada… ¿Cómo se me había ocurrido dar rienda suelta a mis emociones? ¿Qué habría podido pensar de mí?... Fuera como fuese, no quería que se marchase… Sentía que el mundo se me caería encima…



- Por favor, quédate… - le supliqué – Te prometo que no volverá a suceder, perdóname… - me disculpé.



- No tengo nada que perdonarte, sino más bien al revés… - susurró mientras percibí que su nariz aspiraba con cierta humedad… ¿Acaso estaba llorando?... Entonces miré su rostro y vagamente le vi tocárselo con las manos como si estuviese retirándose las lágrimas. 


Estaba afectado por lo sucedido, pero… ¿Tan mal le había sentado mi atrevimiento?




- Cuéntame qué te atormenta, Leo… Quizás pueda ayudarte… - me ofrecí, angustiada por verle sufrir. 

Estaba claro que lo había pasado mal con alguien, pero si me pedía confianza en él, era justo que él también confiase en mí…



- Lo siento, no puedo quedarme… - dijo alejándose de mi lado mientras yo intentaba seguirle con la mirada – Recuerda que si surge cualquier cosa sólo tienes que apretar el botón grande del busca, y ya sabes que no importa qué hora sea, me avisas, por favor… - se despidió mientras se perdía entre las puertas del ascensor.




*******



No podía dejarse llevar. ¡NO!... Se repitió mentalmente mientras intentaba sosegarse recostando la cabeza en la pared del ascensor.




La necesitaba tanto…


Tanto que no podía hacerle daño de esa manera…


Tanto que no tenía derecho a irrumpir en su vida y apropiarse de sus sentimientos aprovechando su necesidad de cariño…


Tanto que le dolía tener que irse de allí…


Tanto que sintió por un instante que era capaz de olvidarse de Madison




¡NO!... No quería escucharse decir esas palabras.



Madison… 

No podía olvidarla por nada en el mundo, no quería olvidarla, se obligaba a ello, pero ante Beatrice era débil y no podría retener más sus sentimientos… 




Y aunque consiguió reprimirse en esa ocasión, era consciente de que no sería capaz de seguir apartándose de quien había conseguido robar de nuevo su vida y su alma...

Beatrice... 

*******

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2 comentarios:

  1. Ay que me va a dar algo...¡quiero ese beso YA! Eres de lo que no hay...mira que sabes mantener la tensión, por un momento hasta me vino la loca idea de que Leo y Beatrice pudiesen ser hermanos y por eso él mantiene ese muro entre ellos, pero luego se me quitó de la cabeza al ver que él también siente algo por ella. El caso es que me encanta ver cómo estos dos cada vez se van acercando más, pero Beatrice me da mucha penita, la pobre se está colando por él...¿qué pasará cuando reaparezca David?

    Bueno, ¡voy a leer como loca el siguiente! ¡Me ha encantado! *.*

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    1. Jajajaja, lo siento pero sí, soy mala :P

      Lo de que quizás fuesen hermanos es normal que lo pensases, pero ya ves que no, y el muro lo mantiene por otra cuestión...

      Cuando David reaparezca... Mmmm, aún queda...

      Me alegra un montón que te haya gustado el capi guapi, besotes!

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