sábado, 21 de junio de 2014

Capítulo 22



 Ese mismo día, por la tarde...

“20:48 p.m.”

La bañera humeaba, aún candente tras haberme jabonado, dejando escapar cierto vaho que caldeaba la habitación.

Me relajé cubierta de delicada espuma, mientras masajeaba tenuemente mi sien, disfrutando de un momento distendido de placidez que ciertamente agradecí.


Pero, tras varios minutos, un fugaz recorrido involuntario de imágenes asedió mi maltrecha memoria, evocando a David… Aquel que me había recogido de las estancadas y malolientes aguas ese día en que “nací”

Llevaba un tiempo sin pensarle. Sin embargo, al recordarme de nuevo entre sus brazos arrullándome en el coche de camino al hospital, su voz preocupada y su respiración nerviosa, me embargó, sin saber por qué, un intenso sentimiento de pena que ahogaba mi pecho profundamente… 


Ansiedad que me hizo exhalar el aire con dificultoso y entrecortado resuello.

Casi instantáneamente, establecí en mi mente una inexplicable relación entre él y el chico de mis recuerdos, que no terminé de entender.

Era absurdo… Pero algo me decía que eran la misma persona. Ambos me proporcionaban una sensación muy parecida y gran familiaridad.

Mas en seguida desestimé esa posibilidad...

“Si fuese él me hubiese reconocido aquella noche…” murmuré “Es imposible…” concluí, poniendo algo de lógica al asunto.

Me sumergí en el agua caliente, intentando desligarles de mi mente, y entonces, Leo la ocupó esta vez.


Sus caricias arropadas por el resplandor de la tormenta…


Sus besos mezclados con el olor de la tierra humedecida por la lluvia…


Y su latir acelerado contra mí…

Podía afirmar que lo que sentía a su lado era aún más profundo e intenso que cualquier otro sentimiento que me hubiesen provocado mis recuerdos hasta ese momento.

Le amaba y no sabía ni cómo había sucedido. Confiaba plenamente en su persona, en su cariño, en él… 

Y estaba dispuesta a todo lo que me pidiese. 


Tras unos minutos, aclaré el jabón que aún cubría mi cuerpo y salí de la bañera, disponiéndome a deshumedecer mi pelo con la toalla, mientras pensativa, perdía la mirada en el vacío del amplio cuarto de baño.


Sequé el resto de mi cuerpo y cogí el cepillo para desenredarme el cabello, con sosiego, casi absorta…


De repente, me sobrevino un impulso que me recordó que debía darme prisa… Leo estaría a punto de llegar para cenar y marcharnos.

Entonces me apresuré, dirigiéndome con rapidez hacia mi habitación…

Si bien mi visión no era perfecta, me había adaptado perfectamente al espacio de mi hogar y me movía por él con certera destreza.

Terminé de ponerme la ropa interior y saqué el vestido del armario con emoción.

Busqué la parte amplia de la falda para perderme dentro de él y abroché la pequeña cremallera lateral, entallándolo perfectamente a mi cuerpo, ajustándose preciso a mis curvas, casi como si lo hubieran cosido a mano sobre mí.

Me miré en el espejo, intentando vislumbrar cómo me veía, y sonreí ilusionada.



Cogí el pintalabios y me acerqué a mi reflejo, intentando contornear mi rostro… Quería estar lo mejor posible… Impresionarle.


Deslicé a tientas el rojo carmín por mis labios, suavemente, intentando no hacerme un estropicio…


- ¡Beatrice, ya estoy aquí!… – exclamó Leo al entrar en casa, haciéndome dar un respingo - He traído la cena… ¿Estás visible? – interrogó en alto.

- S-sí… ¿Puedes venir al dormitorio un momento, por favor? – le pedí.

- Claro… – enmudeció al entrar…


- ¿Qué pasa? – titubeé confusa - ¿Estoy mal, verdad? – me avergoncé, sospechando haberme pintado la boca como un payaso.


- Eso es imposible… - se acercó y alzó mi barbilla, orientándome hacia él - Eres la mujer más hermosa que he conocido… - confesó galante, provocando que mi cuerpo flaquease.


Ese día estaba especialmente sensible, sobre todo desde la mañana…

Notaba que la represión ahogaba cada vez más mi ser... Demasiado como para poder seguir aguantándolo…  Cualquier cosa me empujaba a actuar según sentía, y Leo se me hacía cada vez más irresistible.

Entonces, tragué saliva, en un acto auto tranquilizador y él estableció nuevamente cierta distancia…

- A ti también se te ve… Apuesto… - le califiqué finalmente, después de dudar por unos segundos qué adjetivo iba a utilizar.

- ¿Cómo lo sabes? – indagó haciéndose el extrañado - No será que ves perfectamente y has estado disimulando todo este tiempo… - bromeó, denotando una sonrisa.


- ¡No!… - reí – Pero sí es cierto que cada vez voy distinguiendo mejor las cosas… Y… - aflojé el tono – Ansío poder verte con nitidez… – confesé, retomando algo de seriedad en la conversación, al tiempo que me noté ruborizar ligeramente.


Él calló por unos instantes…

- Bueno… – carraspeó animado - Voy a preparar todo para cenar. Termina de arreglarte cuanto antes que vamos algo mal de tiempo… – me advirtió con tranquilidad.


Asentí, inspirando hondo.

*******

- Uff, tío. Esta noche promete… ¿Al final la que se acercó a ti vendrá? – interrogó Mich con su gesto cotilla mientras hacía posturitas frente al espejo.

- Sí… - dijo David desganado, terminando de enroscar la toalla a su cintura.


- Eres un tío con una suerte impresionante. A veces me pregunto qué tienes tú que no tenga yo… No lo entiendo, la verdad… - guaseó simpático.


- ¿Suerte?... No me gusta nada la actitud de esa chica… - comentó el rubio, aún húmedo por la ducha.


- ¿Qué? Tú estás loco o te falta algo… Si está buenísima. ¿Qué es lo que no te gusta de ella? Dime… Si no la quieres pásamela a mí, que yo encantado eh… - farfulló esto último.


David ladeó una sonrisa dejando a su amigo por imposible…

En realidad, la italiana le gustaba físicamente, y bastante... No podía negarlo…

Sin embargo, él no era de esos que solían pasar el rato con una chica para luego decir “si te he visto no me acuerdo”, y Laura parecía estar precisamente buscando eso con él.

- ¿A qué hora has quedado con ella? – preguntó Mich recogiendo sus toallas para marcharse a la habitación.

- A las nueve y media en el portón de la residencia… - dijo David.

- Ahm... Pues yo primero voy a cenar con mi hermano… Y después vendré a la fiesta… - comentó Mich, al tiempo que se dirigían a su habitación.

- No creo que aguante demasiado… Estoy cansado – enunció el rubio entrando al dormitorio con ligero aburrimiento.



- ¡De eso nada! ¡Tú tienes que rendir hoy, ehh! Ni se te ocurra dejarme tirado… - le advirtió - Tanto libro y tanto estudio te tienen demasiado absorbido - dijo quejoso.

En ese momento llamaron a la puerta con cierta impaciencia.

- Debe ser Brandon… - afirmó Mich convencido, yendo raudo a abrir.

David se volteó y prosiguió secándose…

- Hola… A ver si te resfrías… – se escuchó una voz femenina bastante sugerente con un marcado acento italiano – ¿Está David? – preguntó, haciendo que el aludido se girase instantáneamente hacia la puerta…


- Sí, sí… Pasa, entra. Aquí lo tienes… - enunció Mich con incipiente nerviosismo.


David miró de reojo a su compañero, lanzándole una mirada recriminadora, pero apenas pudo decir algo cuando Laura estaba ya junto a él.


- Vienes antes de la hora… - titubeó éste, centrando sin remedio su atención en la llamativa chica, que iba… “bastante desabrigada” para la época del año, claro que dentro de la residencia no iba a hacer precisamente demasiado frío.

- Bueno… Yo… Me termino de vestir rápido y me voy, que he quedado con mi hermano… - tartamudeó Mich mientras los otros dos no le prestaban atención alguna.

- ¿Acaso te he molestado? – interrogó ella sonriente, adoptando una pose demasiado insinuante.


El corazón de él se puso a latir a cien…

Laura le atraía, pero intentó resistirse, evitando entrar en su juego.

- ¡David! Nos vemos luego, me voy a cenar con Brandon… - se despidió Mich, al tiempo que su amigo asentía.

Laura, una vez solos,empezó a contornear el pecho de él con el dedo índice, haciendo círculos en una de sus areolas, para terminar acariciando su mandíbula, dedicándole un leve jugueteo momentáneo.


- ¿Sabes?... Estoy vistiéndome y… - suspiró - No quiero ser descortés, pero… Si tú estás aquí no puedo… - tragó saliva, sintiéndose asediado por cierta excitación.

- Veo que eres difícil… Me encanta… - le provocó descarada, besando su torso.

David tragó saliva y cerró los ojos casi a punto de dejarse llevar.


- Vas demasiado rápida… - se quejó súbito, a la vez que se retiraba de ella pareciendo retomar el control.

- ¿Tú crees? – le miró coqueta mientras acariciaba el filo de su escote.


En ese instante, una sucesión de recuerdos cruzaron su mente…




Le embargó, entonces, aquella extraña e inexplicable sensación de atracción que le hacía pensar en ella, casi a diario.

- Sí... - volvió a la realidad - Y para ser franco... No me gusta nada… - le aclaró reacio.


- ¿Nada?... Vale… Perdona pues por mi atrevimiento – se disculpó, pareciendo menos lanzada esta vez – ¿Mantienes la cita? Me has dicho que no quieres ser descortés… - le dijo, intentando persuadirlo con un sobreactuado tono lastimoso.

- Lo siento, pero creo que me malinterpretaste… No tenemos ninguna cita. Te he invitado a la fiesta, y habrá mucha más gente… - le aclaró.


- Pensé que íbamos a estar más a solas, tú y yo… - murmuró.

- Te has equivocado… – se disculpó, manteniendo una rotunda postura de rechazo hacia ella.

- Entonces tendré que conformarme… - protestó levemente, dirigiéndose a la puerta de la habitación – Por ahora… - murmuró antes de abrir - A las nueve y media te espero donde habíamos quedado, y perdóname… - se excusó de nuevo, cerrando la puerta silente.

*******


- ¡Vaya! Pensé que no saldrías nunca de la habitación… – bromeó al verme aparecer por la cocina.

- ¡Qué exagerado eres!... Si no han pasado ni diez minutos… Tan sólo me he puesto los tacones y me he secado el pelo… - reí.


- Pues… A mí me ha parecido una vida entera… - dijo, disminuyendo gradualmente la entonación de su voz a medida que avanzaba en la articulación de sus palabras, como si intentase autocensurarse, tal vez ya demasiado tarde…

- Por cierto… - carraspeé eludiendo su comentario - ¿Crees que me falta algo? ¿El peinado? ¿Algo está mal?... – le interrogué, pues deseaba dar una buena impresión a sus amigos, y mi falta de visibilidad me entorpecía bastante a la hora de arreglarme.


– Estás perfecta. Sólo te falta un pequeño detalle más… - murmuró tenuemente, abriendo una especie de estuche oscuro que distinguí sobre la mesa.

Recogió lo que destellaba en su interior y temblé al notar que se situaba detrás de mí, apartándome ligeramente el pelo que cubría mi espalda, con tal delicadeza que gusté de ello.

Entonces, me ciñó la gargantilla al cuello y sus dedos me robaron un suspiro al rozarme sutilmente intentando abrocharla.

Acto seguido, lejos de perder el contacto con mi piel, prosiguió acariciándome con cierta indecisión, deslizando sus manos por mi espalda, despacio, al tiempo que se erizaba cada vello de mi cuerpo.


Su cálido aliento se posó, ahora, en mi hombro, provocándome un súbito escalofrío.


Me atreví, entonces, a orientar mi rostro hacia él, en un intento de encontrarle…


Nuestras bocas se descubrieron, de repente, peligrosamente cerca… Y el deseo mutuo era palpable, casi doloroso, vacilando entre el acercamiento y el distanciamiento.

Añoró mis labios, acariciando el contorno de mi faz con sus dedos, lo que me hizo soliviantarme aún más…


Sin embargo, tras unos segundos, puso fin a nuestra aproximación, rehuyéndome con disimulo, tal y como ya tenía por costumbre…

– En el estuche encontrarás los pendientes… - dijo sentándose a la mesa, algo tenso, haciéndome entender que me los pusiera yo misma.


Tomó entre sus manos los cubiertos y se dispuso a cenar, como si nada hubiese ocurrido, una vez más…

Opté por sentarme y ensartar las joyas en ambos lóbulos, reprochándome lo ilusa que había sido al intentar de nuevo un acercamiento.

Nos mantuvimos callados de esta forma, durante un rato en el que intenté atisbar su rostro en intermitentes ocasiones, pretendiendo figurarme su gesto.

Pero él parecía mirar a su plato en todo momento, cabizbajo y serio.

- La cena está buenísima… Es langosta, ¿verdad? – comenté a los pocos minutos, para romper el incómodo silencio que tan sólo era perpetrado por el sonido de los cubiertos rechinando contra la vajilla.


- Beatrice… Hay algo que debería decirte de una vez… - me sorprendió, haciendo caso omiso a mi comentario sobre la cena - Soy consciente de que la situación que nos envuelve se está convirtiendo en insostenible – enunció súbitamente, esta vez apartando la vista del plato para centrarla en mí.


- ¿Insostenible? – le interrogué, tratando de tragar el bocado que tenía en la boca, apenas sin masticarlo.

- Sí…  - afirmó drástico – Me obligo continuamente a evadir mis sentimientos, a ocultar mi atracción por ti, y… - calló, como si tuviese que pensar en lo que seguiría diciendo – Y cada vez se me hace más difícil reprimirme… – confesó, al tiempo que yo intentaba asimilar mi propia sorpresa por la inesperada conversación “tabú” que había iniciado…

- Eso me ocurre también a mí… Prácticamente desde que te conocí… - murmuré temblorosa.


- Sé perfectamente qué siento… Y te juro que te amo más que a nada en el mundo… Es necesario que lo sepas… - sentenció, casi sin pausa, mientras un extraño ardor se acumulaba en mi garganta.


Y entonces calló, como esperando a que yo tomase la palabra...

Sin embargo, preferí que sólo él dirigiese la conversación por el momento.

- Soy tu médico y sé que no es correcto ni ético que te haga estas confesiones. Pero además, soy hombre, y mi amor por ti es mucho más fuerte que cualquier otra cosa… Has devuelto la luz a mi apagada vida en apenas un mes, Beatrice… - prosiguió, haciendo que mi corazón palpitase cada vez más agitado en el interior de mi pecho - Perdóname, por favor… – suspiró atormentado.


- No tengo nada que perdonarte, Leo… – tragué nerviosa, intentando, paradójicamente, profesarle tranquilidad.


- Hablar de esto no me es fácil. Y te prometo que he tratado de engañarme a mí mismo durante mucho tiempo, pero ya me es imperativo… – afirmó como si siguiera excusándose por sentir tales emociones - Si no te hago saber que vivo por ti, moriré… Siempre te anhelo, siempre te deseo, siempre te añoro, siempre… - respiró vehemente - Pero la situación que nos envuelve me obliga a frustrar cualquier acercamiento… Sobre todo sabiendo que hay alguien en tu vida que tarde o temprano hará aparición, ya sea física o emocionalmente… Y no me perdonaría el hacerte daño… - enunció con pesar y sin calma… - Dime que me entiendes, te lo ruego… - musitó con leve tono desesperado.

Tras unos instantes en los que luché conmigo misma para contener la emoción y derrotar mis ganas de llorar, fui capaz de articular palabra…

- Te comprendo… - intenté calmarle – Mas no debes sentirte culpable por nada... Amar no es un pecado... - añadí – Pero si lo que pretendes es evitarme un daño, debes saber que, con cada uno de tus rechazos es dolor lo que precisamente me causas… – le advertí.


- Jamás ha sido rechazo, sino un intento de evitar un daño mayor… Para ambos… – puntualizó – Beatrice, probablemente estés confundida… Tú no me amas tal como me dijiste esta mañana, sino que estás bajo el efecto de unas emociones falsas que se han creado involuntariamente en tu interior para poder afrontar de mejor manera el trauma que te hizo olvidar toda tu vida. Es un mecanismo de defensa que te llega a ofuscar, pero no es real – ultimó con su canción eterna sobre el conocimiento pleno de mis sentimientos y emociones que llegaba ya a exasperarme.

- Siempre me cautivó tu sinceridad. Desde el primer momento me contaste cada cosa que me concernía, y así me fue más fácil asimilar mi situación. Al mismo tiempo me diste todo tu apoyo y comprensión, llenándome de confianza y esperanza... En cambio, cada vez que intentas convencerme en contra de mis propios sentimientos… Me haces flaquear, sentirme insegura… Y se me desgarra el alma... - le confesé, intentando sobrellevar el nudo que me presionaba cada vez más fuerte en la garganta.

Clavó destemplado un codo en la mesa, y dejó caer la cabeza sobre su mano, sujetándola con gesto derrotado… - Por eso he barajado el dejar tu recuperación varias veces, Beatrice… Por eso debería apartarme de tu vida… - murmuró sollozante.


- Te equivocas una y otra vez – le espeté - Tal vez tú eres médico, Leo… Y quizás yo no soy más que una paciente amnésica que no tiene idea de psicología... - afirmé, estancándome por un segundo en mi discurso - N-ni de los mecanismos mentales que tú tanto pareces conocer… - titubeé, alzando la voz - Pero sé de sobra lo que es amar y quién eres tú en mi vida... – le amonesté destemplada, levantándome brusca de la silla - Me pides comprensión... Y jamás das credibilidad a mis sentimientos - le recriminé - ¿Acaso intentas entenderme tú a mí? - sollocé, tan dolida como para salir corriendo de la cocina en un gesto de desplante hacia él.

Acto seguido, su silla chirrió incómodamente contra el suelo al ponerse en pie él también, atrapándome diestro de ambos brazos, ya en el salón.


Entonces, me volteó bruscamente para terminar estrechándome fuerte contra sí, a lo que reaccioné aferrándome a su camisa con desasosiego… Casi indefensa ante él.


– No podría soportar que rozases mis labios pensando en su boca… Que me entregases tu cuerpo cuando tu alma anhela sentirle a él… - susurró reconociendo lo que le atormentaba.

Me separó ligeramente de su cuerpo, quizá para adivinarme el gesto y limpió mis lágrimas con pausa.


- Tan solo necesitas tiempo, Beatrice… Tiempo para entender tus verdaderos sentimientos… - enmudeció por unos instantes - Yo esperaré a tu lado incondicionalmente hasta ese momento… Siendo lo que tú quieras que sea. Paciente e ilusionado, cual quinceañero deseando encontrarse cada día con su primer amor… Crédulo y esperanzado en que me amas tanto como yo a ti… - pausó brevemente y su voz tomó ahora un cariz de desazón - Aún siendo consciente de que quizás para entonces me haya convertido en un mero estorbo, algo que ya no encaje en tu vida... En ese instante te juro que me apartaré de ti tan sigilosamente que no te darás cuenta de que estuve alguna vez a tu lado… - susurró, intentando controlar un leve gallo que quiso reprimir sus ganas de llorar.


Quedé callada, cabizbaja e intentando discernir qué sentía… Pero era una mezcla de tantas emociones encontradas que no pude definirlo...

Amor, odio, pasión, dolor... Todo se mezclaba dolorosamente en mi alma...

- Lo siento, pero ya no me quedan fuerzas para seguir luchando contra algo que me sobrepasa… - bisbiseó - Beatrice… – exhaló mi nombre en un entrecortado suspiro, al tiempo que alzaba mi faz hacia él.


Cerré los ojos, entregándome a sus manos y a su voluntad. Me sentía tan perdida, casi derrotada…

- Dios… Cuánto deseo equivocarme… - ansió, mientras me deshacía de nuevo en ineludibles lágrimas que intentaban escapar atrapadas entre mis pestañas.

Sus labios, atrevidos finalmente, rozaron los míos, robándome, lento, un liviano beso, que fue convirtiéndose cada vez en más fervoroso…


Y otra vez sentí cómo el fuego me embargaba, tal como en mi sueño.

- Víveme hoy… No pienses en mañana... - pude decir jadeante, desuniéndome por un instante de él.

Me cogió en volandas y permaneció inmóvil unos segundos, en los que acaricié su mejilla con devoción…


Entonces sonó su teléfono móvil, vibrando histérico en el bolsillo de su chaqueta.

Hizo caso omiso a la llamada, pareciendo no querer liberarse de mí, a la vez que su respiración se hacía cada vez más agitada y palpable camino de mi habitación.


Sin embargo, el sonido nervioso del aparato volvió a insistir.

- Tengo que contestar… - suspiró disconforme - Debe de ser Richard… - se detuvo ante el umbral de la puerta.

Me posó sobre el suelo y buscó el chisme en el bolsillo – Sí, es él… - afirmó, al tiempo que me rodeaba de nuevo, aferrándome a él.

Carraspeó, en un intento de aclararse la garganta, y contestó…

*******

Conversación telefónica

Leonardo: *Suspira hondo antes de responder*  Hola Richard… Dime…


Richard: Leonard… ¿Dónde andas?... Son las diez menos cinco, y tú sueles aparecer siempre antes de tiempo… *Se oye bullicio de fondo*


Leonardo: Sí, sí… Ya voy, me ha surgido un imprevisto y... Perdona…

Richard: No te preocupes hombre… ¿Aún andas en casa?

Leonardo: Sí… Pero no os preocupéis. Si empieza y no hemos llegado id acomodándoos vosotros, y guardadnos dos asientos, por favor.


Richard: De acuerdo. Pero intenta llegar cuanto antes... Ya sabes que pasados quince minutos no dejan acceso a la sala… Búscanos por el ala izquierda del primer piso.

Leonardo: Vale. Salimos ahora mismo para allá.

Richard: Sin prisa pero sin pausa, ehh... Aquí estamos. Hasta ahora…


Leonardo: Ciao… *Cuelga*

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- Llegamos tarde… Nos están esperando… - susurró en un suspiro, con lentitud.


Asentí alicaída y nos marchamos.

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