martes, 22 de julio de 2014

Capítulo 24



- Pasa querida… - me guió hacia los lavabos con la extrema amabilidad que parecía caracterizarle.

Palpé certera uno de los relucientes grifos dorados y dejé correr libre el agua, tomando algo de ésta para humedecer levemente mi cara, mientras observaba, absorta, mi indefinido reflejo sobre el enorme espejo, sin prestarle, realmente, ninguna atención…


“¿Quién eres?”, interrogué en silencio a mi alborotada consciencia.

La necesidad de retomar “su” recuerdo, aunque me doliese, parecía imperar esta vez en mí de forma inconsciente… Tal como si una parte de mi voluntad se negase a dejarle escapar de nuevo entre las turbias tinieblas que ensombrecían mi discernimiento… Casi empeñándose en obligarme a reconocerle de una vez por todas…

Sin embargo, tras unos instantes, me conquistó, dolorosa, la frustración, al tiempo que mi pecho se sobrecogía, tal vez, al no encontrar la tan ansiada respuesta entre los despojos de mi memoria.

Era inútil esforzarme. Ya lo había intentado en otras ocasiones, y nunca lograba nada, excepto quedar exhausta psíquicamente, además de otros efectos desagradables.

Así, transigí… Ahora ante la otra porción de mí, que me ordenaba olvidar lo poco que sabía de “él”… Buscando, quizás, cierto alivio en medio de la bruma mental que me ahogaba…

- ¿Cómo te encuentras? ¿Estás más recuperada? – me sobresaltó Evelyn, percatándome sólo de su ligera preocupación.
 
Le miré de soslayo, más descentrada que lúcida, pues casi había perdido la noción del tiempo y de lo que me rodeaba, para volver a perderme en mi reflejo irremediablemente…


…“¿Acaso pensabas que te librarías de mí tan fácilmente?”…


Sus palabras, auguradoras, me aislaron por completo del presente, musitando implacables en mi pensamiento, mientras consumían mi voluntad y me transportaban a ese instante, frágilmente entretejido en mi mente.

Alcé mi mano hacia él, intentando alcanzarle en vano, hasta darme cuenta de que mi imagen era lo que tenía frente a mí…


El eco de su voz duró lo justo, y mi abstracción tornó a ser un fuerte vuelco de estómago que me atormentó por unos segundos, seguido de unas incipientes nauseas que me hicieron contorsionarme hacia delante.

- ¿Qué te ocurre, Beatrice? – insistió ella con pausa, sujetándome débilmente del brazo, tal vez para profesarme apoyo, pues mi rostro debía esbozar un gesto de descomposición absoluto.

La miré por un momento y cerré los ojos, deseando evadirme…


Cada vez se me hacía más evidente que “él” debía haber sido alguien demasiado relevante en mi vida…

Y quizás lo seguía siendo, aunque yo pretendiera evitarlo en cada ocasión que le evocaba…

Le notaba tan asentado en mí, y a la vez tan lejano y desconocido, que una extraña, pero a la vez familiar ambigüedad me hería profundamente al pensarle.

- Hmm… - parpadeé, saliendo gradualmente del estado de confusión que aún me envolvía gracias a un leve zarandeo por parte de Eve.

- ¿Te encuentras bien? – perseveró.

- S-sí… E-es que… - tartamudeé, mientras iba encajando de nuevo en la realidad - A veces, me asaltan algunos recuerdos… Que no termino de corresponder con nada en mi mente, y… - dudé por un instante si confesarle lo que me había evocado su marido, mas en seguida olvidé esa posibilidad, pues lo más probable era que no tuviese nada que ver realmente – Me afectan bastante, eso es todo… – terminé de explicarme mirando hacia otro lado con intención de disimular mi evidente desconcierto.

- No te preocupes cielo, lo sé… - intentó consolarme.


Necesitaba serenarme… Inspiré profundamente, al tiempo que masajeaba mi frente con propósito de mitigar los sutiles pinchazos que todavía laceraban mis sienes.

- Ya me voy sintiendo mejor… Gracias por preocuparte – dije, percatándome de que la angustia ya casi se había esfumado por completo.

- Te entiendo muy bien – me sorprendió - Sé que no debe ser nada fácil sobrellevar la situación en que te encuentras, pero debes pensar que vas a recuperarte, y lo realmente importante es que no estás sola, Beatrice… - dijo suavizando el tono agudo de su voz - Leonard está ahora contigo… - afirmó con cercana confianza, y entonces sus palabras me llegaron a sosegar, devolviéndome de lleno a mi realidad…


“Leonard”… Me despisté por un instante, pensando que me gustaba esa traducción de su nombre, y en seguida volvieron a invadirme mis sublimes sentimientos hacia él…

Le tenía… Podía decir que efectivamente sí… Era mi preciada isla en medio de la tormenta… Mi abrigo… Y me apaciguaba al pensarle.

- ¿Sabes? Él lo ha pasado muy mal en la vida… – me espetó, despertando mi curiosidad – Sin embargo, esta noche irradia felicidad, incluso más que hace algunos años… Como nunca antes le había visto. Por eso me alegro de que te haya conocido – hizo una breve pausa y continuó - Tal vez no lo has advertido por tu alterada visión, pero cuando él te mira, sus ojos brillan de forma especial – me reveló.

Le miré con cierta modestia, a la vez que infinita ilusión llenó mi alma.


- Es muy buena persona… Y te aseguro que cuando se entrega, lo hace de verdad – prosiguió - Le conozco desde hace bastante tiempo y bueno… Como ves sólo puedo decirte cosas buenas de él – ultimó su discurso masajeando suavemente mi hombro.

Asentí, mostrándome realmente más repuesta y con ganas de volver al balcón junto a él.

- Ya sé que no nos conocemos, y te pido perdón si piensas que me estoy inmiscuyendo en tu vida, pero verdaderamente me has caído genial Beatrice, y pienso que si has conseguido sacarle de la tristeza en que se sumía, es porque eres una bella persona… Así que te considero mi amiga - afirmó.


- Yo… Agradezco tus palabras Evelyn. Es más, las necesitaba… - respondí con intención de expresarle lo que sentía por su amigo – En cuanto a Leo... Sé que le adoro… Aunque él lo dude a veces... - declaré segura al tiempo que sentí mi latir acelerarse.

- Creo que eso es innegable… A ti también se te nota… – chanceó pícara - Quiero que sepas que tienes todo nuestro apoyo, mío y de Richard… Para lo que necesites… ¿Vale cielo? - afirmó mientras me rodeaba en un cordial abrazo que me llegó hondo.


- Gracias. Has conseguido que me sienta mejor que nunca… – le correspondí sincera – Me alegro de haberos conocido… - afirmé retirándome de ella, ahora advirtiendo que mis penas se habían esfumado tal y como habían aparecido.

- No desperdiciéis esta oportunidad que os brinda la vida… Leonard es un hombre espectacular, después de mi marido, claro… – bromeó con leve alborozo y salimos del aseo riéndonos.

*******

Su palpable intranquilidad le delataba… No podía evitar vigilar nervioso el pasillo por donde ella y Eve se habían perdido hacía escasos segundos.


Lo cierto era que la inseguridad le atormentaba cada vez que Beatrice parecía recordar algún episodio de su pasado. Y, efectivamente, se daba cuenta de que era éste un sentimiento demasiado egoísta por su parte, pero también inevitable… La quería para él y el miedo a perderla se cernía sobre sí cada vez que la veía bajo el estado de “shock” en que sus recuerdos la dejaban.

- ¿Y tú qué tal estás? Veo que al final has sucumbido a sus encantos… - intentó evadirle Richard con su típico tono bromista pero directo.


- Sí… - afirmó éste, serio, sin quitar la vista del corredor - No pienso más que en ella… Me tiene totalmente absorbido – le confesó abiertamente mirándole, ahora, a los ojos – Es lo más especial de mi vida… Me siento como su protector. Con deseo continuo de complacerla, de verla sonreír, de hacerle lo más feliz posible… - suspiró - Tiemblo a su lado – declaró, dejando asomar entre sus labios una sonrisa de emoción.


- Me alegro de saber que me has hecho caso al fin y te has olvidado de Freud… - gesticuló risueño el profesor.

- No me he olvidado… - cambió ligeramente el tono - Pero la amo y necesito arriesgarme. Las consecuencias… - silenció por un segundo - Ya no me importan… – sentenció convencido.

- Pues me contenta un montón. Ya era hora de que encontrases a la persona idónea para rehacer tu vida y te decidieras a actuar – enunció un afable Richard.

- Me atrevería a asegurar que nunca antes he estado tan enamorado… - el ánimo que impregnaba sus palabras tornó a desilusión, empañando tenuemente su mirada - Aunque no las he olvidado… - imprimió ahora un tinte amargo en su voz al pronunciar esto último, mientras miraba el dedo anular de su mano izquierda, desnudo desde esa misma tarde, tal vez echando en falta el sello dorado de lo que fue su matrimonio.


- Eso sobra, Leonard… Rehacer tu vida no significa que estés traicionándola, ni mucho menos olvidándolas… No debes sentirte culpable, sino al revés, pleno… – enmudeció intentando encontrar la mirada perdida de su amigo antes de proseguir – Pletórico, porque seguro que Madison es lo que desea allá donde esté. Que tú seas feliz de nuevo – le agarró por los brazos con cierta firmeza, intentando apoyarle – Beatrice estaba en tu destino y la encontraste… Puede sonar cruel pero… – negó ensimismado, realizando ligeros aspavientos con la cabeza - …Deberías agradecer a quien la abandonó aquella noche en esas condiciones, porque gracias a ese “elemento”, has encontrado la ilusión de vivir… Y quizás, ella también… – añadió.


- Sí... Se lo agradezco inmensamente... Pero cuando descubra quién es no va a querer vivir... - afirmó Leo amenazante.

- Por cierto… ¿Ella lo sabe? Quiero decir… Que eres viudo… - le interrogó el curioso profesor.

- No. Hasta este momento he evadido el tema, pero debería empezar a contarle todo sobre mí. Aspiro a verme como algo más que su terapeuta – afirmó el italiano.

- Yo pienso que sería lo justo. Después de todo, tú sabes casi más de ella, que ella misma de sí… Ya entiendes a qué me refiero… Porque Beatrice no tiene idea de la sustancia, ¿no? – le interrogó en un hilo de voz.


- Por supuesto que no… Sería perjudicial decírselo ahora mismo. No dejo de pensar que todo ha sido algo traumático en su vida, y saberlo de golpe puede que le cause más dolor que otra cosa – silenció por un segundo – No debo forzar su memoria, sino predisponerla al desencadenamiento natural de sus recuerdos – dijo sintiendo que la incertidumbre volvía a afianzarse en él a medida que terminaba la frase.

- ¿Y cómo crees que reaccionará cuando se entere de que tú ya lo sabías? – apuntó Richard.

- Le explicaré que no podía hacerle saber ciertas cosas sin que antes las recordase por sí misma. Estoy convencido de que entenderá que fue por su propio bien y no con la intención de ocultarle nada – concluyó, apoyando sus palabras con un movimiento de manos.


- Hmmm… Hablando de ese tema… - intervino Rodson – Iba a traerte el primer informe comparativo entre ambas sustancias, la de David y la de Beatrice, pero con las prisas, se me han quedado olvidados en casa. Así que si te parece, te lo enviaré por fax a lo largo de esta noche. No es extenso. Son sólo mis primeras impresiones, porque no he tenido demasiado tiempo para meterme a fondo en el tema durante la semana pasada… - comentó.

Leo asintió, de nuevo echando un reojo hacia el pasillo.

- También… - Richard pareció dudar en su discurso - Quería comentarte algo, cuanto menos, interesante… - se decidió finalmente ante la atenta mirada de su amigo – He enviado una muestra celular de Beatrice a mi colega John, del CelularIC… - intentó enunciar llevando una mano a su nuca… 


- ¿Qué? – le interrogó Leo entornando su mirada con incredulidad - ¿Por qué involucras a más gente?... Te dije que quería que esto fuese algo entre nosotros… - le reprendió azorado pero tratando de mantener su voz en tono bajo.

- Sabía que me lo recriminarías, pero sinceramente Leonard... No cuento con los medios suficientes ni adecuados para estudiarlo todo en la Universidad. Si quieres que siga con el caso, no puedo hacer otra cosa… Para corroborar mi teoría, necesito de su ayuda. Le envié todo hace unos días y no le he informado acerca de su procedencia, por supuesto. Así que tranquilo, la privacidad de Beatrice está a salvo... – le intentó tranquilizar.

Leo transigió, adoptando una posición más relajada hacia el tema, mientras hacía un gesto a su amigo para que le contase lo que le levantaba tanta curiosidad.

- Se trata de la edad de Beatrice… – su voz adquirió un tono más laxo - Algo en la estructura de sus células no concuerda del todo… - formuló Richard con cierto halo enigmático.

-¿Qué quieres decir? – Leo frunció el ceño, ahora más interesado.


- Pues parto de la base de que las células de Beatrice están totalmente alteradas por la sustancia que ha estado corriendo por sus venas... Eso me llevó a pensar en su verdadera edad. Así que estudié varias células extraídas de su sangre al microscopio y, efectivamente, hay tejidos que no coinciden cronológicamente… – espetó en un soplido - Pero con los medios que cuento en el laboratorio no puedo ir a donde quiero llegar… – añadió.

El italiano quedó reflexivo y por fin se atrevió a decir algo… – ¿Cómo no se me había ocurrido antes? – murmuró con autocrítica - Entonces… Ella podría tener realmente otra edad… - afirmó, a la vez que el profesor asentía con la cabeza.

- Por eso necesito la colaboración de John… – aclaró éste volviendo a justificarse.

Y justo en ese instante, ambos se percataron del regreso de ellas, que quedaban todavía bastante distanciadas.

Leo pareció dejar de lado lo que estaba hablando con su amigo y orientó su rostro hacia éstas, de nuevo intranquilo, sin perder detalle del gesto de Beatrice.


- Pues nada… – suspiró Richard mirando también hacia el pasillo - Te lo digo muy en serio… - enunció, casi solemne - ¡A vivir que son dos días! - rió, dándole a su amigo una cordial palmadita en el hombro.

*******

Judith colgó el teléfono y quedó en silencio, pensativa y hundida por una evidente tristeza.


El rapapolvo de Susan había reabierto sus mal curadas heridas, y no podía negar ni una sola palabra de cuantas escuchó en aquella reprimenda.

De repente, le pareció oír a Fiona gritando…

Se temió lo peor y corrió, rápida, hacia su habitación.

Entró decidida y se la encontró llorando desconsoladamente sobre la cama, con un pesar tan grande que le dolió en lo más profundo de su alma.

- ¿Qué te pasa hija? – dijo Judith, acercándose lentamente a ella para darle una caricia, pero ésta hundía aún más la cara entre los floridos almohadones - Serénate cariño… Seguro que todo lo que os ha pasado ha sido un malentendido… Todo volverá a estar bien… - intentó consolarla, nada convencida realmente en su fuero interno.


- ¡Tú cállate! – vociferó la joven con su típica crueldad - ¡Ni siquiera te preocupa que papá esté todo el día de viaje acostándose con toda la que pilla! – continuó, reprochándole sin piedad - ¡Pues yo no deseo que mi vida sea como la tuya! – gritó, mientras el mar de lágrimas desbordaba sus ojos para apresurarse en navegar a raudales por sus mejillas.

Se incorporó decidida y salió corriendo de su habitación.

Judith la observó con preocupación, sin poder evitar que su pesar vidriase también su mirada.


- Fiona por favor… - suplicó nuevamente sin ningún resultado - Déjame hablar contigo... Debes aprender a sobreponerte de las contrariedades. Si él no te conviene, déjalo… Apártale de tu vida... Y tranquilízate... – insistió ésta tras su hija, cada vez más afectada por su berrinche.

Pero la joven no le respondía. Ni atención le prestaba. Sólo sabía llorar y correr hecha una energúmena por las diferentes habitaciones de la mansión, pareciendo buscar algo por toda la casa.

- Cuéntame qué te ocurre… ¿Buscas a tu hermano? – le interrogó mientras ésta pasaba a la que fue su habitación de matrimonio.

Fiona se detuvo ipso facto, y se dirigió por fin a ella…

– Dame uno de esos calmantes que tú te tomas… ¡Lo necesito! – casi le suplicó en una orden.


Judith entreabrió el cajón de su mesita de noche de espaldas a ella y la llave brilló… Sin embargo, pareció reconsiderarlo, y volvió a cerrarlo.

- De verdad… Voy a tener que llamar a David… - le dijo Judith volteándose preocupada, sin hacerle caso a su solicitud.

- ¡Ni se te ocurra! ¡O no me vuelves a ver el pelo en la vida! – le amenazó, sollozando en sus manos.


Miró hacia otro lado y, derrumbada por completo, se dejó caer sobre la cama de sus padres.

Con cierta precaución, Judith se atrevió a acercarse a ella, sentándose a su lado.

- Cariño… Todo tiene solución en esta vida… Debes ser fuerte, porque de lo contrario siempre serás esclava de tus debilidades, y sufrirás. Ya tienes edad para darte cuenta de cuando algo no te favorece... De cuando alguien está contigo por cuestiones ajenas a lo que realmente tú deseas… - formuló.

- Has descrito tu propia situación… - murmuró ella, aún con sus ojos lagrimeando, pero manteniéndose bajo una inesperada e inquietante serenidad. 

Judith calló por unos segundos y prosiguió intentando que este comentario no desviase su discurso…

- Debes aprender a afrontar los fracasos con firmeza… Algo me dice que estás así por David… - intentó encauzar la conversación hacia lo que imaginaba que era el origen de tal pesadumbre - ¿Crees de verdad que merece la pena? – le interrogó, esperando en vano una respuesta de confirmación por parte de la joven pelirroja, que permaneció inmóvil, casi sin parpadear…

- Ya no sé realmente ni qué es lo que quiero… - murmuró de repente la joven en un hilo de voz.


– Sé que Stephan siente algo por ti… - afirmó Judith rotunda, consiguiendo la atención de su hija de inmediato – Y pude confirmarlo cuando hace unas semanas vino con ese ramo de flores y aquella cara de ilusión… Deberías reconsiderar si estás esforzándote en estar con el hombre adecuado… Y sobre todo, has de tener claro que tú no eres yo. Olvida mi situación y prepárate a vivir tu propia vida, siendo fuerte… - ultimó con voz tenue, ofreciéndole consuelo entre sus brazos incapaz de contener las lágrimas.


Tal vez las palabras de su madre la habían calmado verdaderamente, o quizás no, pero Judith se dio cuenta de que sus ojos azulados, clavados a los de su padre, se habían secado por completo.

- ¿Dónde está mi hermano? – preguntó Fiona que, aún mirando fijamente a su madre, parecía seguir en un mundo aparte.

- Ha venido a buscarle una chica rubia, por cierto, demasiado “despampanante” desprendió ligero disgusto al pronunciar esta última palabra - Y se ha ido con ella… ¿Quieres que le llame?... – hizo breve pausa - Sí, será mejor que le llame… – afirmó convencida, sin esperar a que su hija le diese el visto bueno.

- ¡No!… No hace falta… – contestó pensativa, al tiempo que daba un breve respingo producido por el hipo que se le había establecido en ella tras semejante llantina - Ya estoy mejor, tranquila… Sabes que tengo muy mal genio… Perdóname por todo, mamá… - le espetó, sorprendiéndola agradablemente, pues hacía tanto que no se dirigía a ella de esa forma, que la llenó.

- No te preocupes. Soy tu madre y te quiero... Siempre contarás conmigo, pase lo que pase… - volvió a abrazarla suspirando mientras la joven miraba al vacío de la habitación con la vista extraviada.

- Estoy cansada… Necesito dormir – se levantó, ladeando una sonrisa para persuadir a su madre y aparentar sosiego – Voy a mi habitación… – ultimó señalando hacia la puerta.


- Te acompaño… – la acurrucó Judith entre sus brazos.

*******

David no solía beber, salvo en contadas ocasiones, por eso, cuando lo hacía, sus efectos aparecían en seguida.

Al aceptar la proposición de Mich no tenía pensado tomarse más que una, pero lo cierto era que esa noche tenía ya algunos vodkas de más en el cuerpo.

Se sentía más mareado de la cuenta, pero no podía parar de empinar el codo una vez que ya se había enfrascado, sobre todo porque, en cierta manera, le estaba sirviendo como “amortiguador” de sus preocupaciones.


Mich llevaba un buen rato “charlando” de trivialidades con una italiana que se les había acercado, y él empezaba a aburrirse como una ostra.

- Ponme otro Paul… - le pidió al que estaba en la barra, percatándose de que la chica se acercaba a él súbitamente…

- ¿Qué estás bebiendo? – le interrogó chapurreando el inglés con una bonita entonación italiana.


David le miró extrañado, pero no dio importancia a su interés… - Vodka con limón… ¿Por? – le respondió con una pregunta.

- Toma, prueba de esto… - le ofreció de su copa entusiasmada.

- Está mucho más rico, te lo aseguro… - intervino Mich, que desde hacía largo rato probaba “todo” lo que ella le ofrecía.

Él dudó por unos instantes, pero finalmente le dio un trago.

- ¿Qué te parece? Es típico de mi país. Se llama Grappa – le explicó, mientras el rubio afirmaba dando a entender que le había gustado – Te doy mi copa, yo tengo una botella entera en mi maleta – dijo, guiñándole un ojo.

- No. Da igual... Mejor sigo con el vodka… - le rechazó.

Pero estos italianos eran cabezones como ellos solos, así que ésta insistió.

- Ohh… ¿Me lo vas a despreciar? Eso está muy feo… - se lo volvió a ofrecer.

David la miró sin saber cómo actuar durante un momento...

- Si insistes... Gracias… - aceptó sonriente, girándose acto seguido para apoyarse en la barra y ojear qué había tras de sí.


Se entretuvo observando los movimientos ondulantes de los jóvenes que bailaban contoneándose bajo las excéntricas luces de colores sobre la improvisada pista, al tiempo que daba algunos tragos generosos del vaso, disfrutando del frutado sabor de aquella bebida con ligero toque amargo de fondo que impregnaba intensamente sus papilas gustativas…

Y, entonces, algo llamó su atención…

Eran esos ojos verdosos con aire felino que le observaban insinuantes a través de los huecos vacíos que se formaban entre los cuerpos de los estudiantes, y que, en ocasiones, dejaban vía libre al secreto cruce de sus miradas.


A medida que más bebía, más desinhibido se encontraba. Se hallaba casi hipnotizado… También inquieto… Preocupado únicamente de aquel juego de seducción, donde ninguno de los dos terminaba de decidirse a ir en busca del otro.

Tras algún rato de esta forma, Laura le dedicó un pestañeo suave y acogedor, a la vez que se mordía el labio inferior, mostrándole su excitación.

Entonces, un efusivo calor recorrió su estómago camino hacia su garganta... Intentó apaciguarlo dando fin al líquido que quedaba en su copa de un único trago mientras procuró no perderla de vista.


Sin embargo, parecía haberse esfumado. Revisó a su alrededor con disposición, pero seguía sin localizarla.

La contrariedad creció en él, y casi no pudo ocultar su enfado bajo la mirada atenta de la italiana que seguía "pegada como una lapa" a Mich, y que parecía vigilarle a él también desde hacía algunos minutos sin que ninguno de ellos se percatase.


Abandonó su vaso, ahora vacío, sobre la barra y se levantó, pretendiendo cruzar la repleta habitación a través de los que movían el esqueleto, algunos más frenéticamente que otros, como si fuesen pasto de algún tipo de droga.

Una vez hubo atravesado la masa de gente, examinó, algo nublado, aquella zona de la sala donde supuso que todavía debía encontrarse. Mas no había rastro de ella…

Se resignó y volvió a su taburete orientado hacia la barra, donde casi se dejó caer.

- ¿Qué? ¿Te lo estás pas-pasando bien? – preguntó Mich, prácticamente sin ser capaz de articular las palabras.


- No exactamente… - respondió David, que empezaba a percibir todo a su alrededor de forma extraña, y unas ansias de “volverse loco” iban aflorando gradualmente en él.

- Sabes que te quiero un montón… ¿Verdad? – le sonrió Mich, al tiempo que la chica invadía su boca descaradamente.

Frunció el ceño, y acabó soltando una carcajada eufórica, a la que parecía no ser capaz de poner fin.

Se volteó, sentado aún en banquillo, y en ese momento se la encontró de bruces.

Continuó con la risa tonta y ella aprovechó para acomodarse entre sus muslos, sujetándolos bien pegada a su torso.

- Hola… Al final he venido… ¿No te sorprendes de verme? – le encandiló melosa acariciando su rostro.

Él quedó mudo, obnubilado con sus labios, que le seducían cada vez más, mientras ladeaban una triunfal sonrisa.

Acercó su cara a la de ella, intentando besarla, pero ésta se apartó ligeramente, tratando de alimentar las ansias de él.


- ¿Qué pasa David? ¿Al final yo no iba tan rápido? - hizo el amago de rozar sus labios mientras se le sentaba encima.


Él insistió en besarla, sin mediar palabra, y esta vez lo consiguió por breves instantes antes de que Laura enunciase su premeditada propuesta…

- Vayamos a tu habitación... – susurró vehemente a su oído.

*******

La espera se le hacía eterna, y prácticamente ni siquiera le sirvió para recapacitar, sino muy al contrario, para convencerse todavía más de sus intenciones… 


Le había costado sobremanera convencer a su madre de que se encontraba bien. De que todo había sido un simple berrinche, pero dudaba que se lo hubiera creído del todo.

Sin embargo, calculó que había pasado al menos media hora desde entonces, y Judith debería estar ya más que dormida, como siempre, bajo el efecto de sus somníferos.

Era el momento…

Sin dudarlo por más tiempo, se incorporó, todo lo silenciosamente que pudo, dispuesta a salir de su habitación.


Lo que buscaba estaba a buen recaudo, y no era fácil conseguirlo. El dormitorio de su madre era una de las partes de la casa que no frecuentaba. Sin embargo, había visto dónde Judith guardaba la llave para acceder al aseo.

“Quizás sigue despierta”, pensó insegura, pero fue rápida al inventarse una coartada… “He tenido un mal sueño y quería hablar contigo”, planeó, subiendo ya por las escaleras.

Anduvo algunos pasos más y se detuvo ante la puerta cerrada de su dormitorio.

Aplicó leve fuerza sobre el pomo de ésta y abrió una estrecha rendija por la que asomó su vista.

 Efectivamente, Judith ya dormía plácidamente bajo el efecto de lo que precisamente ella venía buscando.


Entró y se acercó a su objetivo, abriendo muy lentamente el cajón de la mesita, para recoger la llave de su interior.

Avanzó de puntillas, bordeando la cama donde su madre descansaba plácida, y pasó la llave por la ranura de la cerradura del baño.

Accedió, y se encerró silenciosamente, temblorosa y fría por el nerviosismo que la conquistaba gradualmente.

Husmeó en el armario donde Judith guardaba celosamente sus medicamentos, y tomó entre sus manos el que quería…


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sábado, 5 de julio de 2014

Capítulo 23

- Feather Theme - 

“21:56 p.m.”

Llevaba largo rato aguardándola en el portón de la residencia, y no sabía exactamente qué era lo que hacía ahí…

Estudiantes de la propia universidad y del intercambio italiano seguían entrando al edificio bastante animados, charlando entre sí como si se conocieran de toda la vida, mientras sus risotadas, entremezcladas con la música, bramaban adentro, llegando a ser casi ensordecedoras. 


Por lo visto, la fiesta ya había empezado. Y él, sin embargo, estaba esperando a una chica preciosa pero que en el fondo no le convencía para nada.

“¿Por qué sigo aquí entonces?” se preguntó instantáneamente… Quizás no le desagradaba del todo. Tal vez necesitaba expansionarse un poco. A lo mejor en el fondo sí deseaba sentir la vida corriendo fervorosamente por sus venas.

Últimamente, él mismo se percataba de que estaba convirtiéndose en un solitario, un huraño impenetrable… Alguien obcecado en sus estudios, completamente afanado en alcanzar insospechados retos científicos, casi obnubilado en la utopía de arreglar el mundo… Un mundo en que apenas disfrutaba y del que cada vez parecía ser menos partícipe.

Y es que, su concepto de “alcanzar la felicidad” no concordaba del todo con el de la mayoría de gente de su edad…

Desde luego, no era su idea la de formar una gran familia, ya que ni siquiera se planteaba el tener hijos, pero sí ambicionaba conocer a una persona madura con quien poder sentar cabeza... Con quien compartir sus momentos importantes y descubrimientos, sus preocupaciones y sus satisfacciones.

Sin embargo, tenía la certeza de que no la encontraría precisamente en las locas fiestas universitarias, y casi prefería dedicar cualquier tiempo libre a seguir trabajando en la melatonina.

Y en ese instante, “la” rememoró... Como si algo en su interior le empujase a pensar que era a “ella” a quien buscaba.

No se trataba de la primera vez que lo pensaba, pues su recuerdo estaba llegando a obsesionarle durante las últimas semanas… Y, aunque deseaba quitársela de la mente por lo absurdo de la suposición, le era cada vez más imposible… 


Jamás había experimentado antes cosa parecida por nadie, y tampoco pensaba que aquel sentimiento fuese ni mucho menos normal… ¿Tal vez una exagerada compasión? ¿Quizás le había calado tan hondo por su desvalida situación?… No lo comprendía, pero la curiosidad de saber qué habría sido de “ella” siempre afloraba en su pensamiento, soliviantándole de forma extraña e irresistible.

Y así volvieron los reproches hacia sí mismo…

“Debería haber vuelto allí cada día”, pensó, recordando cómo cierta fuerza misteriosa a la que desobedeció en aquellos días se lo había dictado desde que la había tenido entre sus brazos.

“Si hubiera sido más insistente en la recepción del hospital antes de irme”, prosiguió lamentándose cabizbajo…


“Me conformaría si tan sólo consiguiera hablar con ella alguna vez…”, pareció suplicarle a la nada… “Si pudiera volver el tiempo atrás…”, murmuró con frustración, pues fuera como fuese, ahora ya era tarde para lamentarse, sólo le quedaba intentar olvidarla de una vez.

En ese momento, el vaho que escapaba de su boca le recordó que seguramente llevaba esperando a la italiana ya más de media hora.


Miró su reloj inquieto para cerciorarse de que así era, mientras el helor se hacía cada vez más notable ahí fuera.

Estaba por volverse a su habitación y echarse a dormir, amadrigarse como optaba hacer cuando se sentía sin salida desde que la melatonina y “ella” se habían instaurado en su mente...

Echó un último reojo a su alrededor, por si la veía, pero no había rastro de ella, así que se volteó con cierto desánimo y quiso entrar a la residencia.

- ¡Chsss! – chistaron a lo lejos, llamando su atención.


Se giró pensando que era Laura. Sin embargo, la silueta de Mich se acercaba corriendo hacia él.


– ¿Qué pasa David, donde está tu amiga?… - le interrogó, cogiendo aire después de la breve carrera.


– No ha venido… Me voy a la habitación… - comentó con cierta resignación.


- No empieces a aguar la fiesta… Quédate conmigo un rato… Nos entretendremos… - intentó persuadirle frunciendo el ceño - Ehh… Ahora que caigo… ¿Cómo que no ha venido? Si la dejé contigo en la habitación… – pareció pedirle explicaciones.


- No me gusta su estilo. Así que le corté el rollo y se fue – se explicó David.

- ¡No me lo creo! – exclamó - ¿Cómo has podido rechazarla? – dijo, esta vez con tono más discreto.

- ¿Es que no te entra en la cabeza que no me gustan las relaciones “express”? – murmuró obstinado.


- Pero, ¿qué tiene de malo un polvo de vez en cuando? Que no pasa nada por eso macho… Si ella es la primera que quiere no veo más historia, joder… - dio su parecer.

- Yo no soy así, qué quieres que haga… - concluyó, entrando en el edificio.
  

Se adentraron un poco entre la gente y Mich prosiguió con su discurso…

- Pues muy fácil David… Que intentes disfrutar un poco. Tomarte unas copas, bailar… Yo qué sé… Hacer algo de tu edad, que pareces un carcamal desaborido. Antes no eras así… Bueno sí, aunque no tan exagerado… ¿Qué te está pasando? – le interrogó, prácticamente pidiéndole explicaciones.


David agachó la mirada con inexpresividad, tal vez pensando que en cierto modo debía darle la razón… Sintió nostalgia del chico que había sido antes de empezar la carrera…

- Venga tío, que últimamente estás demasiado encerrado entre libros y fórmulas. Hay que divertirse un poco, relacionarse con las del sexo opuesto... - le convenció, acercándose a la improvisada barra para pedir dos copas.

*******

 “22:07 p.m.”

Las luces de la ciudad resplandecían, tan brillantes y rápidas a nuestro paso, que casi consiguieron evadirme de mi abstracción más de una vez durante el acelerado trayecto al teatro.


La situación vivida en casa durante la cena me había dejado bastante derrumbada. Y parecía que una incómoda nebulosa difuminaba en mi mente toda nuestra conversación, de tal forma que mi entendimiento procuraba discernir sin éxito la tesitura en que nos encontrábamos ahora.

Intentaba recordar exactamente cada una de sus palabras, las cuales se encontraban entremezcladas con mis emociones y retenidas difusamente en mí. Tarea que consiguió dejarme, de alguna forma, exhausta mentalmente.


“…Ya no me quedan fuerzas para seguir luchando contra algo que me sobrepasa…” le evoqué de pronto, consiguiendo escapar vagamente de mi bruma mental, pero sus continuos acercamientos y rechazos desde que le conocía habían hecho mella en mí de tal forma que algo en mi fuero interno me advertía que no debía creerme sus palabras, frustrando mi ánimo.

“Seré lo que tú quieras que sea…”, casi percibí de nuevo su voz, insistente, que se hacía eco en mi interior como si lo estuviese repitiendo en ese justo momento…

“Pasado, presente y futuro… Mi vida…” le respondí mentalmente, casi deseando decirlo en alto, a la vez que cierta incredulidad me volvía a desanimar.


De repente, sentí su mano acariciar mi mejilla - ¿Te encuentras bien? Estás demasiado… Seria… – afirmó con leve inquietud, y rápido, puso su atención en el volante de nuevo.

- Es que… - musité - Me da cierta vergüenza de tus amigos… Porque… No tengo nada de lo que hablar. Ellos pueden charlar de su vida pero yo no. No sé qué tema de conversación podría seguirles… - carraspeé, intentando deshacerme del nudo que inexplicablemente aún notaba en la garganta, sin decirle lo que en el fondo me turbaba aún más.

- Ya sabes que ellos conocen perfectamente tu situación… No te preocupes por nada e intenta disfrutar de esta noche… – dijo con pausa - Tan sólo… Déjate llevar – concluyó tenuemente.


Silencié por unos minutos y proseguí…

- Tampoco recuerdo haber ido jamás a ningún espectáculo de este tipo antes, y te va a parecer ridículo… Estoy bastante nerviosa… - comenté sincera - ¿Se sigue algún tipo de protocolo o cosa parecida? – le interrogué, ahora más centrada realmente en ello.

- Lo lógico... Intentar permanecer lo más en silencio posible, no levantarse a menudo del asiento y aplaudir cuando cada pieza finaliza… De todas maneras, las formas ya nos las hemos saltado directamente… - dijo con una sonrisa en la voz.

Le miré extrañada sin saber a qué se refería…

- Llegando tarde, por supuesto… - se explicó al verme con el gesto confundido.


- Quizás no nos dejen entrar. Cuando no se es puntual en un evento de estos suelen restringir el acceso hasta que se produce un descanso… Y a veces, incluso ni por esas… - afirmó – Claro que, por otro lado, casi sería lo ideal… - aminoró la marcha del coche hasta detenerse por completo, y entonces noté que me penetraba con la mirada…


Le miré fijamente, pretendiendo definir el movimiento de sus labios durante el discurso.


- Estoy aquí porque hace mucho que no les veo, y no es lo mío dar plantón, pero hubiese preferido no salir de casa esta noche… - confesó, apagando el motor en ese justo momento, al tiempo que un intenso sofoco se adueñaba de mi ser evocándome sujeta entre sus brazos – Hemos llegado… – concluyó saliendo del coche.

Abrió mi puerta y me cogió de la mano, acercándome a él en un estrecho abrazo que volvió a unir nuestros latidos.

- Te juro que voy a intentar hacerte la mujer más feliz del mundo mientras pueda, Beatrice… - se me dirigió con una voz tan cariñosa como atrayente…


Entonces, me sorprendió, dándome un templado beso en la frente – No habrá más dudas, ni más retrocesos… Eres mi razón de vivir… Te amo… Recuérdalo siempre… - susurró, liberándome instantáneamente de toda mi inseguridad.


Acaricié el dorso de su mano suavemente - Y yo a ti… – musité, con propósito de atrapar sus palabras en mi alma.


Tras unos segundos, nos dirigimos apaciguados hacia el imponente e iluminado edificio, y ni siquiera parecíamos tener prisa para llegar a tiempo.

Apoyé serena mi cabeza en su hombro y él me apresó sujetándome por la cintura, al tiempo que hundía su cara en mi pelo como si quisiera aspirar su aroma.


- Buenas noches, señores… - nos saludó uno de los acomodadores de la entrada al llegar al hall del teatro – Han tenido suerte. El espectáculo aún no ha dado comienzo, aunque deben darse prisa, pues está a punto de hacerlo… - nos advirtió - Pueden acomodarse donde gusten o, si lo prefieren, les acompañaré para guiarles – ultimó con extremada educación, mientras Leo me apartaba el abrigo lentamente y se lo entregaba.

- Buenas noches. Nuestros amigos nos esperan en el piso superior del ala izquierda, así que no es necesario que nos acompañe, tenemos el asiento reservado. De todas formas, muchas gracias – le respondió, entrelazando de nuevo mi mano con complicidad.

Nos dirigimos ligeros, a la vez que silenciosos, por el pasillo de la izquierda, en donde supuestamente el matrimonio nos esperaba.


- Allí están… - advirtió animado, dejando asomar incipiente alegría al avistarles.

Se notaba que les apreciaba mucho, detalle de su personalidad que me hizo encantarme con él, si cabía, más aún.

- Hola pareja… Cuánto tiempo – enunció con un tono de voz relativamente bajo, intentando no llamar demasiado la atención en el lugar, que si bien no estaba aún en vivo, apenas se podía oír un leve bullicio a nuestro alrededor.

Entonces, quien supuestamente era Richard, le saludó todo lo efusivo que la circunstancia le permitía, levantándose de su asiento, al tiempo que una voz femenina algo aguda, prácticamente se le superponía…

- Hombre Leonard… - dijo agradable, incorporándose de su asiento - ¿Qué os ha pasado? Bueno da igual, más vale tarde que nunca… Parece que os estaban esperando, porque aún no ha empezado - rió, dándole un abrazo bastante sonoro.


- Hola querido, ¿cómo estás? – le saludó ella cariñosa con dos besos.

- Bien, bien… – respondió Leo con entusiasmo, volviendo a mí para rodearme por detrás – Os presento a Beatrice… Ella es… - titubeó por un instante – Lo más especial de mi vida… - sentenció finalmente, ruborizando mis mejillas ligeramente.


Sonreí, un poco cortada, y desvié mi turbia mirada hacia la moqueta del suelo, que distinguí de un vivo rojo con el que intenté inconscientemente evadir mi timidez.

- Hola Beatrice… Soy Richard. Es un placer conocerte al fin… Leonard me ha hablado mucho de ti – se presentó – Sólo cosas malas, por supuesto… – me dio dos besos haciendo ligeros aspavientos con las manos mientras se reía, dándome a entender que bromeaba.

Entonces, su tono de voz penetró en mi mente, encandilando mi atención de forma extraña…

“Me voy del proyecto… ¡Y no me mires así joder!… Después de todo es tuyo, y sin él y su maldito capital no podemos seguir adelante… ¡Más vale eso que nada!”

Pestañeé reiteradamente, oyendo aún sus palabras, que reverberaban ruidosas en mi memoria.


Era su misma voz la que se repetía en mi mente… Sin embargo, no parecía estar precisamente bromeando en mi nebulosa mental…

- No le hagas caso a mi marido, siempre es así de bromista, querida… Soy Evelyn, pero llámame Eve… Un placer… - se acercó ella esta vez, trayéndome de nuevo a la realidad.

- E-encantada… - Le respondí algo aturdida, por lo que reaccioné ladeando una sonrisa desganada que probablemente percibió, a la vez que intentaba perfilar el rostro de Richard mirándole de soslayo.


No iba a observarle de forma descarada, pero sí tenía curiosidad por definir su cara, que si bien, no conseguía ver nítidamente, pude darme cuenta de que, en este caso, no me sugería nada.

Las luces se apagaron en ese instante, y ocupamos asiento.


– ¿Te ocurre algo? – musitó Leo en un hilo de voz, al tiempo que tomaba mi mano y posaba los labios sobre su dorso, haciéndome estremecer.


- N-no… Estoy bien - quise disimular mi turbación, y empezó a escucharse la delicada melodía del piano.

Sin embargo, ésta no consiguió alejarme de mi incertidumbre. Maldecía cada recuerdo de los que me asediaban… Maltrechas reminiscencias de un pasado que pretendían cautivarme a medias y en mi contra… Empeñadas en distorsionar mi realidad para lograr dejarme más confundida que segura… Más disgustada que feliz.

“¿Acaso le conocía?... ¿Qué incoherencia era esa?...”, espeté en silencio… “Si reaccionó como si no me hubiese visto en la vida…”, reflexioné pensativa.

“Voy a volverme loca”, suspiré… “Es absurdo…”, pretendí convencerme, intentando ser capaz de disfrutar del recital… Y de “él”, que aún entrelazaba mi mano y la acariciaba cariñosamente.


Lo cierto, era que también Leo me hacía recordar muchas veces y, sin embargo, era seguro que mi pasado no tenía nada que ver con él… No podía pensar siempre que cada remembranza tenía que ver precisamente con quien me la procuraba…

Aún así, no podía evitar pensar en que la voz de su amigo me era demasiado familiar…

*******

Se había pasado toda la tarde haciendo llamadas intermitentes a Stephan, y en cada una de ellas, su ira contra él iba acrecentándose al comprobar que su teléfono seguía apagado…

“Si te tuviera delante… Te ibas a enterar...” le maldijo una vez más, pretendiendo articular palabra mientras sus mandíbulas encajadas por la rabia le llegaban a doler en el intento.


Escasos minutos más tarde, volvió a marcar su número… E imprevisiblemente, esta vez, sí dio línea…

Su cara cambió de repente, y una dulce sonrisa que ni ella misma sabía que era capaz de plasmar en muchos días, resplandeció en su boca.


Aguardó intranquila, deseando oír su voz por fin, mas tampoco respondió.

Acto seguido, se echó a llorar cual niña pequeña sobre su cama, frustrada… Le estaba hiriendo en su orgullo como no estaba acostumbrada, de tal forma que finalmente tendría que ceder e ir a su casa si quería verle… Pero no… Aún le quedaban fuerzas para aguantar y no dar su brazo a torcer.

Tras unos minutos de lucha interna, las lágrimas agotaron su mirada, dejándola medio adormecida, casi con placidez.

De repente, su teléfono cantó.

Dio un brinco y lo miró aturdida por unos segundos, mientras lo observaba vibrando desesperado sobre la cama, quizás pensando si de verdad lo escuchaba o era una ilusión.


Tras un momento en “shock”, se abalanzó sobre él…

“Stephan…” sonrió ilusionada, mirando la pantalla del aparato.

Presionó la tecla de respuesta y quedó a la escucha… Con ajetreada respiración.

Ambos, llamante y receptora, permanecieron “mudos” por unos instantes… Pretendiendo ocultar, precisamente, las ganas de dirigirse la palabra aunque tan sólo fuese a través de la línea telefónica.

 
- ¡Stephan! – Fiona decidió romper el hielo - ¿Por qué no me has cogido el teléfono en todo el día? – le recriminó soberbia.


- Por lo que veo sigues con la misma actitud… Mientras sea así no me vuelvas a llamar – le contestó bastante seco.


- ¡Ni se te ocurra colgarme! – le advirtió amenazante – Tenemos que hablar… - relajó el tono ligeramente.


Él quedó callado por unos segundos y finalmente la animó a hablar – Tú dirás… - dijo, mostrando de nuevo cierto desinterés hacia ella que aumentó aún más la inseguridad de la chica, haciéndole dudar de si estaría perdiendo verdaderamente el afecto que le tenía semanas antes.


– T-te necesito esta noche… - suspiró - ¿Dónde estás? – le interrogó.

- No sé cómo decírtelo… No vas a volver a verme, yo no soy ningún segundo plato… O él o yo, no voy a repetírtelo… - reafirmó su posición.

- ¿Te niegas a verme? – rió incrédula y dolida al mismo tiempo.

- No… Me niego a que vuelvas a utilizarme según tus intereses en cada momento, y ya estamos hablando demasiado tiempo… Además… - calló a medio enunciar su afirmación.

- ¿Qué pasa? ¡Habla! – le ordenó.

- Estos días me han servido para darme cuenta de algunas cosas… Voy a intentar olvidarte – le confesó sincero.


- N-no… No puedes olvidarme Stephan – afirmó incrédula a la vez que el agüilla se concentraba en su nariz y el tan conocido nudo hacía aparición en su garganta.

- Te aseguro que sí… Te encanta jugar con los límites de las personas, y has rasgado el mío con el filo de tu amor… Pero todo tiene arreglo… - suspiró de forma imperceptible al otro lado.

- Explícate… ¡No te entiendo! - espetó.


- No hace falta que lo hagas, primero tendrías que entenderte a ti misma, y creo que esa es una ardua tarea… - murmuró con voz tenue en una breve pausa - Tengo que dejarte, me esperan para salir a dar una vuelta – intentó despedirse, mientras la delicada voz de una fémina se oyó de fondo, advirtiendo cariñosamente al muchacho que llegarían tarde.


- ¿Quién es esa? – se intranquilizó súbitamente - ¡¿Tanto me querías?! ¿Ves como no puedo fiarme de ningún tío? ¡Sois todos iguales! – sollozó con pesar a la vez que se percataba de que él no la estaba oyendo, pues parecía más ocupado en otra cosa…

“¿Con quién hablas?” le interrogó “la otra” con voz tranquila “Espérame abajo, por favor” Escuchó a Stephan con dificultad, tal como si estuviera tapando el auricular del teléfono…

Y entonces, volvió a percibir su respiración al otro lado, tomándolo como señal para proseguir con su desmesurada reprimenda…

- ¿Quién es esa zorra que está contigo? ¡Dime su nombre! – demandó encendida.


- ¡Ya está bien! No voy a dejar que vuelvas a manejar mi vida… - se puso serio.

- ¿Y quieres que deje a David para luego hacer lo que te dé la gana conmigo? – espetó desesperada.

Stephan exhaló un profundo suspiró, llegando éste a ser perfectamente audible al otro lado del aparato…

- Te recuerdo que tú eres la que me has apartado de tu lado. Es justo que quiera redirigir mi vida, ¿no? – pareció justificarse.

- Stephan… - le nombró con dificultad, debido a que ceder a su orgullo no le era fácil – Me estás haciendo daño… - gimoteó finalmente.

- No soy yo quien te daña, sino tú misma… Deja a David, demuéstrame que sólo me quieres a mí, y entonces no habrá más dolor… - intentó alentarla sin perder su posición.

- ¡Haré una locura! ¡Te lo juro Stephan!… - le amenazó directamente, con intención, tal vez, de hacerle caer rendido a sus pies de alguna manera.

- Eso es cosa tuya… - dijo él, intentando no mostrarle su intranquilidad.

- No… Te aseguro que será sólo por tu culpa… - intentó condenarle antes del hecho.

- Lo siento, pero mientras no actúes como debes, no quiero volver a saber nada de Fiona Feller. Más te vale que me olvides de una vez… – afirmó drástico.

- ¡No me hagas esto…! – le pareció oír su reclamo cuando presionaba la tecla de colgado…


Se quedó pensativo unos instantes y suspiró finalmente, pareciendo disputar una lucha consigo mismo…

- ¡Perdona por haberte hecho esperar Terry! – dijo en voz alta saliendo de la habitación - ¡Vayámonos! – concluyó, cogiéndola por el hombro.

*******

Las luces se encendieron y pensé que la función había terminado al escuchar los efusivos aplausos abarrotando la inmensa sala y el murmullo de los asistentes cada vez más alto…

- Es un descanso – susurró Leo acercándose a mí, como casi siempre, anticipándose a mis pensamientos - En unos minutos comienza la última parte. Espero que te esté gustando… – añadió. 


Asentí y permanecimos mirándonos fijamente por unos segundos, durante los que pude olvidar cualquier rastro de mi desconcierto al percibir que una sonrisa se dibujaba en sus labios.

En ese instante, el matrimonio se acercó y Richard empezó a entablar conversación con él,...

- ¡No te imaginas cuántas ganas tenía de verte de nuevo, Leonard! - le oí afirmar efusivo antes de que Leo se pusiera en pie.

Acto seguido, su esposa se dirigió a mí.

- ¿Te agrada el concierto, Beatrice? Me parece verte disfrutar bastante… - comentó afable, intentando darme tema.


- S-sí… Mucho… Me encanta la música clásica. Aunque creo que es la primera vez en mi vida que vengo a un recital… - respondí, intentando volver a centrar mi atención en lo que su marido y Leo hablaban…


- Los chicos están de intercambio universitario y estos días no hay clase hasta la semana que viene, y como tenía unos papeles que solucionar por aquí… - su comentario se volvía a diluir entre el presente y el pasado… Dándome la sensación de que tenía cierto margen para intentar evitarlo, pero inevitablemente se apoderó de mí…

*******


“Me han comentado que esta noche daréis una fiesta de bienvenida en esta residencia… Me encantaría venir y conocerte mejor…” le oigo decir presumida a la chica morena, bastante cerca de “él”.


“Pues… Sí. Sería perfecto si…” sonríe levemente y me mira directamente a los ojos…


Tiemblo…

“Si tú, Beatrice, quisieras venir…” continúa dirigiéndose a mí, al tiempo que mi timidez va en aumento.


Noto un ligero codazo que me hace sentir cierta complicidad hacia la chica que está a mi lado, y "él" ríe al percatarse de ello…

Se intensifica mi vergüenza y no sé a dónde mirar.


“Es más… Me gustaría almorzar contigo hoy en la cafetería... Si tú quieres, claro…” me invita adorablemente, y mi corazón se acelera precipitado, perdiéndome en sus ojos azules.


*******

Parpadeé entre nubes, mientras tornaba a la realidad, intentando encajar el recuerdo en el desfigurado rompecabezas de mi pensamiento.

La voz de Leo me espabiló, sacándome al fin de mi trance - ¿Estás bien? ¿Ha sido un recuerdo, verdad? – acertó de lleno, por lo que mi gesto debió ser un poema.


Afirmé dubitativa… Trastocada y con cierto dolor punzando mis sienes, como solía ocurrirme siempre – N-necesito ir al baño – intenté huir de allí dando dos pasos al frente antes de detenerme desorientada… Ese hombre me estaba evocando indirectamente más alusiones de la cuenta…

- Yo te acompaño, Beatrice… – se ofreció Evelyn bastante preocupada – Vamos… - me sujetó levemente de los brazos guiándome para salir del balcón.

- ¿Quieres que nos vayamos? – se interesó Leo corriendo, acompañándonos a lo largo de un corto tramo del pasillo.

Realmente, sí… Deseaba irme, sin embargo, no pretendía fastidiarle la noche – N-no… Tranquilo. Todo está bien… - intenté tranquilizarle a él con una tenue sonrisa desganada, al tiempo que a mí misma.

- ¿Estás segura? – insistió, asiéndome de los brazos.


Afirmé, intentando aparentar reposo y me giré con intención de ir al aseo.

*******

Llevaba largo rato contemplando el gran retrato familiar que ocupaba majestuoso una de las paredes del enorme salón.


Aquella estampa le transportaba momentáneamente a otra época en que todo parecía ir mejor. Era casi feliz con su marido y sus dos hijos, o eso pretendía por aquel entonces…

Sin embargo, la cruda realidad le espabiló, guanteando su mente para recordarle que, efectivamente, su matrimonio y su vida familiar, casi desde el principio, no habían sido más que eso… Simples apariencias.


Se dirigió con ímpetu hacia la cocina, donde podría decirle tranquila lo que debía, pero al entrar en ella titubeó, dudando si hacer o no lo que Edward le había encomendado…

Finalmente, su orgullo cedió, una vez más, y tomó el teléfono para hacer la llamada que le había estado devorando su conciencia durante todo el día…

- Buenas noches, soy… - intentó saludarla cortésmente, en cierta manera algo cortada, pues llevaba un tiempo sin contactar con ella.


- Sí… Judith… - respondió, con relativa paciencia y un toque de resignación al escuchar su voz - ¿A qué debo el “honor”? – preguntó, finalmente, una irónica Susan.


- Perdona que te llame a estas horas… - se excusó – Verás, resulta que Edward vendrá a Bridgeport. Seguramente el mes que viene… Va a inaugurar la Galería de Arte Feller – fue al grano.

- Ya… Déjame adivinar… Quiere ver a David, ¿no? – le dijo sin titubear, como si conociese perfectamente el propósito de la pelirroja.

- Sí… - afirmó, y tras una breve pausa, prosiguió… - Te pide el favor de que intentes que asista… Yo te diré cuándo se celebrará en el momento en que conozca la fecha exacta del acto… - añadió.


- Bueno, yo se lo diré, pero no te aseguro nada… - suspiró - David, al fin, parece que se va a alejar de “tu” familia – le hizo saber, pronunciando el “tu” con cierto reproche – Y estoy muy contenta de ello… - se sinceró sin recato alguno.

- Pues… Fiona está destrozada… Estoy muy preocupada por ella, apenas come. La verdad es que David le ha estado haciendo mucho daño estas semanas atrás… Debería sincerarse y dejarle claro si la quiere o no... P-porque la veo capaz de hacer una locura… - le contó soliviantada, tal vez buscando algo de comprensión en su interlocutora.

- Judith, mi sobrino no puede estar cuidando de tu hija toda la vida. Ya es mayorcita para saber cuándo alguien está con ella por compasión y cuándo no... Y sobre todo, estar abierta a los fracasos – sentenció sin miramientos.


- No seas injusta con mi hija, Susan. Recuerda que ella tampoco sabe la verdad. No tiene la culpa de haberse enamorado de David… - suspiró dolida.


- ¿Enamorado? – le interrogó retóricamente - Una persona enamorada de otra no se dedica a restregarle continuamente que “su familia” fue la que le costeó el más caro tratamiento existente a su madre para que se curase del cáncer… Una persona enamorada no es aquella que utiliza esas artimañas ni el chantaje emocional para retener a su lado a alguien… Siento que lo que te voy a decir te duela, pero es lo que pienso… – tomó aire - Tu querida Fiona es una arpía y no hay otra cosa que desee más que David la deje de una vez e intente ser feliz – volvió a cargar contra la madre de los mellizos.


Ésta quedó callada, evidenciando su dolor, sin opción de alegar algo en contra de lo que Susan había sentenciado…

- Me gustaría tanto poder decirles la verdad, pero Edward sigue negándose categóricamente. Él y el qué dirán… - se limitó a responder intentando desligarse de la culpa.


- Claro… El qué dirán… Pues no te ha venido a ti bien eso del “qué dirán” para que tus hijos gocen de lo que no les corresponde realmente... – le soltó como quien no quiere la cosa.

- Susan, parece mentira que me reproches eso… Precisamente siendo tú la única persona que llegó a comprenderme en aquel entonces. Sabes perfectamente que fue un desafortunado desliz – murmuró con tristeza.

La tía de David calló por unos instantes, pareciendo recordar lo sucedido hacía ya más de 25 años, y en seguida, prosiguió con su discurso cambiando ligeramente de tema…

– Pues Edward tampoco debería querer ver a su hijo sólo cuando a él le interesa. Además de que no se lo merece… Después de todo, no le ha hecho ni caso en todo este tiempo… No entiendo que quiera encontrárselo esporádicamente – dijo desengañada.


- Te ha estado enviando dinero para que David pueda estudiar lo que tanto le gusta, y en cierta manera ha estado manteniéndole todo este tiempo… No se ha despreocupado de él… Sabes que en el fondo lo adora… Él es así… Yo creo que algún día le revelará la verdad… A los tres… - bisbiseó esto último como si se le viniese el mundo encima sólo de pensarlo.


- Sí, sí, claro, tú siempre defendiéndole para que tus hijos tengan una vida digna y maravillosa, llena de opulencia y lujos. Está claro que no sabéis lo que es el amor ni los sentimientos. Para ti, todo se paga con dinero… Y así son tus hijos, unos malcriados soberbios que no se aguantan ni a sí mismos… - arremetió de nuevo contra los mellizos.

Judith calló y Susan comprendió que no toda la culpa era de ella. Después de todo, sólo había sido una víctima más de aquella situación…

- No te preocupes – intentó suavizar la charla que más parecía ser un careo donde iba ganando - Le diré a David que asista a la inauguración, pero si lo hace o no ya es cosa suya, como comprenderás, tampoco podría insistirle... ¿No crees?... – pinceló nuevamente sus palabras con cierto sarcasmo.


- Vale, muchas gracias Susan, de verdad. Edward también quiere agradecerte tu silencio – ultimó.


- No callo por Edward, Judith. Lo hago por mi propio sobrino y porque mi hermana me lo suplicó en su lecho de muerte… Bien sabes que si por mí fuera, le contaría ahora mismo toda la verdad – sentenció firme.

La pecosa silenció por unos segundos, antes de despedirse, tan educada como había permanecido durante toda la conversación.

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