sábado, 18 de octubre de 2014

Algunas fotos más mientras me viene la inspiración...

Esta vez traigo dos fotos, justo de personajes que no salen tanto. Tengo algunas más en mente, así que si me da tiempo las publicaré este finde...



domingo, 5 de octubre de 2014

Empieza la segunda temporada...

¡Muy buenas!

Sí... Al fin vuelve RDF.
Perdonad por la tardanza, pero me ha sido imposible reanudar la historia antes.

Esta temporada, tal vez publicaré también más de tarde en tarde, o al menos es lo que "a priori" creo, pues como ya os comenté anteriormente, tengo bastantes líos personales que aún me rondan.

Espero cumplir vuestras expectativas y que la historia os siga gustando. Por supuesto, pido modestamente que quien se decida a dejar su "huella" en mi blog, lo haga de forma objetiva, dentro de lo que cabe, expresando tanto críticas positivas como negativas, porque éstas últimas son las que pueden hacerme rectificar errores y otros detalles que tal vez yo misma pase por alto en ocasiones sin darme cuenta.

Así mismo, como habréis podido comprobar, he instalado un reproductor de música en el blog. Está situado en la parte inferior del mismo y podéis pausarlo por si no os gusta estar leyendo y escuchándolo a la vez.

Desde ya, gracias por apoyarme siempre.

¡Besazos!

Capítulo 26


Bajé las escaleras a trompicones, casi poseída por un exagerado temblor nervioso que me hizo dar más de un traspié en alguno de los peldaños.

Por fin, después de lo que me parecieron mil y un escalones, alcancé la planta baja y salí desesperada del edificio, tal que fuese un animal herido consiguiendo liberarse de su trampa.

Pero aquella prisa se esfumó inesperadamente al encontrarme ante un Bridgeport enorme, luciendo a mi alrededor tan radiante e iluminado que llegaba a saturar por momentos mi recién recuperada percepción.


Me detuve un instante y, desorientada, miré hacia todos lados con cierto rezago.


La indecisión me había asaltado por un segundo... Sin embargo, la gélida brisa húmeda que bañaba el ambiente nocturno de la encapotada ciudad y su olor a asfalto mojado pareció espabilarme de sopetón, invitándome a continuar con mi propósito de alejarme de allí.

Di algunos pasos confusos, y no fue hasta entonces que me percaté de que iba descalza…

Mis pies desnudos pisaban inseguros sobre la acera, inundada por los charcos que la lluvia había dejado tras de sí y ni siquiera me importaba...

“Vuelve...”  me impulsó reiteradamente una insistente voz interior que escapaba de mi conciencia y removía mi pecho dolorosamente, hirviendo mi mente con el recuerdo de su aliento y sus caricias sobre mi piel.


Era lo que deseaba…


Sí…

Su ausencia ya me hería profundamente y sólo hacía escasos minutos que me había fugado de su lecho.

Regresar era lo que mi alma me imploraba, desgarrándose a cada paso que más me distaba de él.

Mas el sentimiento de decepción y desengaño que al tiempo me embaucaba  venció de nuevo en este enfrentamiento de emociones y voluntades encontradas...
 

Así, proseguí mi huida, incrementando el paso mientras empezaba a considerar, ahora más concienciada, dónde estaba y hacia dónde iba.

Alcé la vista y localicé, como si supiese que debía estar allí, el puente de Bridgeport, asomando imponente entre los centelleantes rascacielos.

Entonces, no dudé...

Cruzar al otro lado de la ciudad era lo más apropiado para evitar que me encontrase.

Después de andar varias manzanas me interné en él, mientras aún luchaba conmigo misma para no darme la vuelta...


- Margaret Coaster… - dije en un murmullo, que me extraño a mí misma y me hizo detenerme en seco - Margaret Coaster, 259... – repetí, tiritando y absorta.

En ese instante, la fina llovizna volvió a traerme a aquel puente infinito, mojando mi rostro más de lo que ya lo hacían mis lágrimas.

Parpadeé varias veces, volviendo en mí, y alguien me sobresaltó…

- Buenas noches, ¿necesita ayuda? – preguntó un chico, saliendo de su coche después de dar un sonoro frenazo sobre la mojada carretera...

- N-no... Gracias... – negué inquieta, intentando evitarle mientras mi corazón se aceleraba.


Seguí mi camino aparentando serenidad, pero...

- Parece que está en apuros… - insistió, dando unos pasos tras de mí hasta sujetarme tenuemente del antebrazo, lo que me puso aún más nerviosa.

- No se preocupe, de verdad... – contesté, haciendo aspavientos con la cabeza mientras conseguía deshacerme de su sujeción, y me alejé deprisa.

Pero el tipo arrancó de nuevo su coche y avanzó hasta mi altura, considerablemente retirada ya del primer punto de encuentro…

- Perdone que sea pesado... - perseveró, bajando la ventanilla - Pero es muy extraño...  Está usted descalza y empapada por la lluvia. Si quiere puedo echarle una mano sin problema... – porfió, elevando notablemente la voz para superponerse al sonido de la lluvia que amenazaba, por momentos, con un inminente aguacero.

Esta vez ni siquiera le contesté, y corrí por lo poco que quedaba de plataforma.


Conseguí perderle de vista, escabulléndome entre las solitarias y ensombrecidas callejuelas, mientras el corazón se me salía por la boca, y mis dientes rechinaban cada vez más fuerte, debido en parte al nerviosismo, y en parte al helor y la humedad que me calaban hasta los huesos.

Después de estar un rato andando, perdida por la penumbra de las enrevesadas travesías de aquel suburbio, encontré refugio bajo uno de los pequeños toldos que asomaban en la fachada de un inhóspito callejón sin salida, ocultándome tras cajas y contenedores de basura.

Apoyé mi espalda contra la fría pared y dejé resbalar mi cuerpo lentamente hasta quedar en cuclillas…


Me acurruqué, intentando entrar en calor y, a pesar de estar totalmente empapada, aún podía percibir el aroma de su piel impregnando mi pelo.

De nuevo, se me hizo un nudo en la garganta...

Pensarle me dolía, y a la vez me tranquilizaba.

Le necesitaba tanto…


Y no se trataba sólo de mis sentimientos, sino de su continua sobreprotección desde que le había conocido... Un amparo tan exacerbado que me hacía sentir, ahora, incapaz de vivir lejos de su persona en todos los sentidos.

¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué me había engañado de esa manera? ¿Por qué se había aprovechado de mi amor?...

¿Por qué?...

Me atormenté, intentando racionalizar lo que había leído… Tratando de obtener una respuesta lógica que me convenciera a mí misma de que todo era un malentendido y que podía volver a confiar en él.

Pero no la hallé...

Y lo cierto era que estos interrogantes me dolían mucho más que pensar en el hecho de que había todo un “estudio científico” alrededor de mí, y que ni siquiera sabía de qué se trataba…

"La paciente va recuperando la memoria de forma aleatoria, consciente e inconscientemente. Aún no consigue asociar sus recuerdos a los sucesos acaecidos en su vida..." rememoré, perfectamente definido en mi pensamiento, este enunciado escrito en sus apuntes, tal como si lo tuviera delante de mí otra vez y pudiera releerlo claramente…


Así, creí llegar a comprender cuál había sido la verdadera evolución de nuestra relación y por qué me había estado evitando durante todo este tiempo… Por lo que me apartaba de su lado, rechazándome cada vez que hubo algún acercamiento entre nosotros y por qué a veces decía que debía dejarme en manos de otro especialista.

Tal vez su conciencia no le dejaba vivir en paz sabiendo el daño que me estaba haciendo…

Ahora todo encajaba en mi mente, matando cualquier posibilidad de regresar a su lado.

Di un hondo suspiro entrecortado y “él” volvió a aparecer en mi memoria…


¿Tal vez por eso nadie me estaba buscando? ¿Acaso quien se suponía que era mi marido estaba también involucrado en todo esto?

La cabeza me iba a estallar...

Eran demasiadas preguntas sin respuesta para mí… Demasiados interrogantes para alguien que se movía a partir de un cúmulo de recuerdos que le dominan y desconciertan haciéndole, ya, desconfiar de sí misma.

*******

“Hospital de Bridgeport - 04:52 horas”

Las voces de su hermano y su madre se oían algo lejos, casi distorsionadas… Pero tras un rato que no supo estimar, fueron haciéndose, gradualmente, entendibles y acabaron por despertarle de su extraño y pesado sueño.

Entreabrió los ojos ligeramente, enfocando la vista hacia ellos...


Y Albert se le echó encima para abrazarla... Mostrándose tan contento, en un principio, como enfadado pocos instantes después...

- ¿Cómo se te ha ocurrido hacer tal barbaridad? - le censuró, subiendo el tono de voz mientras se apartaba de ella para mirarla a la cara con gesto recriminatorio...

Judith se levantó del sillón y le reprobó con una soslayada mirada que pareció disuadir al pelirrojo de continuar con la regañina, al menos de momento...

- Cariño, ya estás bien... Es lo que importa – afirmó, dirigiéndose a su hija mientras le acariciaba la mano.

Fiona tragó saliva, saboreando la desagradable sensación que había quedado en su boca tras el lavado de estómago, aparte del dolor de garganta, y pensó en lo último que recordaba...

¿Por qué la habían llevado al hospital? ¿Por qué habían conseguido salvarla? 

Pero lo cierto era que en ese momento se alegró inmensamente de estar ahí...

- No lo entenderíais… - murmuró, dándoles la espalda mientras perdía la vista en la blanca cortina que ocultaba el otro lado de la habitación.

- Pues claro que no… Y eso que sé lo que ha pasado… - afirmó Albert mientras Fiona abría los ojos como platos y la impresión, caliente y acelerada, de que la sangre se le agolpaba únicamente en el estómago la invadía.

- Albert, hijo… Por favor, cállate. No es el momento... - intervino Judith, intentando que su hijo no se alterase, pero éste no le hizo ni caso esta vez...

- Llamé a David y escuché todo... – prosiguió él, rodeando la cama para mirar a su hermana a la cara – ¡Y ni por él ni por nadie debes reaccionar quitándote del medio! – exclamó - Si te engaña con otra tía, pues a la mierda y punto… ¡¿Acaso voy a tener que vigilarte día y noche?! – terminó, enervado.


Fiona suspiró, realmente aliviada al darse cuenta de que su hermano no sabía nada de los verdaderos motivos que la habían empujado a desear quitarse la vida.

David estaba con otra, o era lo que acababa de entender, pero no le afectó lo más mínimo… Sólo podía pensar en él...

“Stephan…”, divagó, añorándole interiormente, mientras se preguntaba si este tema habría llegado ya a sus oídos.

Pero… ¿Qué era lo que quería de él en realidad?

Sabía que, una vez consiguiera tenerle tras de ella, le detestaría una vez más…

¿Por qué no era capaz de valorarle como realmente parecía sentirlo?

Ni ella misma podía darse respuesta. Tal vez su ego, su idea de los hombres y las relaciones sentimentales forjada a partir de su propia experiencia familiar… O una mezcla de todo ello…

- Creo que jamás podré llegar a ser feliz... – susurró - Y no se trata de los demás Albert, sino de mí... – añadió tenue.


- Eso es muy típico… Culparse a uno mismo cuando no ves salida a una situación… Y no eres tú, Fiona. El culpable es ese cabrón… - empezó a calentarse de nuevo.

Fiona sucumbió a las lágrimas, que ya tardaban en brotar abundantes de sus ojos.

- ¡Albert! Sal de la habitación - le ordenó Judith - Por favor… – añadió, relajando ahora el tono de su voz.

Éste se quedó callado, pensativo por unos instantes...

- Puedes estar tranquila, hermana, que sí serás feliz… Ya me encargo yo de eso… - ultimó, mirando a su madre con cierta impotencia...


Y salió de allí.

*******

“07:02 horas”
           
El alboroto de las miles de gotitas de lluvia que morían diluyéndose sobre los amplios ventanales de su habitación le medio despabilaron, haciéndole acomodarse ligeramente en la cama al tiempo que, aún entre sueños, acarició el lecho con la intención de encontrarla a su lado.

Tras unos segundos sin dar con ella, dio un leve brinco, incorporándose para cerciorarse de que, efectivamente, Beatrice no estaba ahí...


Amasó las sábanas, que ni siquiera conservaban la calidez de su cuerpo, y frunció el ceño extrañado.

Acto seguido, se acercó a los pies de la cama para recoger su ropa que, esparcida, descansaba bajo las medias y los tacones de ella.

- ¿Beatrice? – la llamó, saliendo del dormitorio mientras terminaba de abrocharse los pantalones.


Pero ésta no respondió…

- ¡¿Beatrice?! – repitió su nombre en tono más alto, cuando el apocado sonido de una hoja de papel que pareció rasgarse levemente al ser pisada por su propio pie llamó su atención.


Miró hacia el suelo y un ciclón de inquietud le recorrió instantáneamente al darse cuenta de que eran sus apuntes…


- Dios mío… - murmuró al tiempo que perdía de nuevo la vista en el vacío de su salón, pareciendo esclarecer, en un segundo, lo que había sucedido.

Dio dos pequeños saltos nerviosos sobre el sitio y se apresuró hacia la puerta con la esperanza de interceptarla a tiempo, no sin antes recoger, en una rápida pasada, su camisa, que yacía junto a su chaqueta sobre la alfombra de la entradita, mas no el vestido de ella, corroborando del todo que se había marchado...

Se acercó al ascensor y pulsó el interruptor repetidamente, aporreándolo impaciente en las últimas ocasiones.

Abrochó su camisa con cierto desatino mientras esperaba ansioso su subida y sopesó la situación, decidiéndose, al final, por correr escaleras abajo mientras notaba cómo la impresión de haberla perdido, acompañada por una agobiante quemazón en la garganta, oprimía su pecho y casi le dificultaba el respirar…

Necesitaba creer que aún tenía alguna posibilidad… Que la alcanzaría... Que podría volver a rodearla entre sus brazos...

Después de siete pisos, llegó a la planta baja del edificio y salió de éste, mirando hacia todos lados...


Pero no había rastro de ella...

La angustia tornó a una insoportable impotencia, que se fue haciendo más patente por momentos y le devoraba el alma, haciéndose a sí mismo culpable directo, una vez más en su vida, de haber perdido a quien más quería.

Lejos de rendirse, recorrió los alrededores, gritando su nombre cada vez más abatido y desesperanzado, dejándose abrazar por la lluvia que a la vez, estaría cerniéndose también sobre ella en cualquier otro punto de la ciudad...

“Beatrice…”, murmuró con desaliento...

Tembloroso y derrotado, pues sabía que encontrarla en el inmenso Bridgeport era, prácticamente, imposible.

*******

“Ciudad universitaria de Twinbrook - 07:34 horas”

David se desperezó despacio, como si no pudiese ni mover su cuerpo.

Trató de enfocar la vista a su alrededor, elevando ligeramente la cabeza hacia un lado por encima de su hombro, mientras ésta le daba vueltas bajo el dictado de un espasmódico dolor instaurado en sus sienes.

Se quedó mirándolo todo, apoyado por unos instantes sobre su brazo izquierdo, como si estuviera en otra esfera.


El malestar era generalizado, y venía acompañado de intermitentes escalofríos y una notable sequedad de boca, además de leve desorientación.

Era, ahora, víctima de los efectos secundarios que la droga suministrada durante la madrugada había dejado tras de sí.

Al poco, pareció discernir que se encontraba en su habitación, y volvió a dejarse caer sobre la almohada.


Después de haber descansado durante algunos minutos más, se incorporó, sentándose en el borde de su cama con cierta torpeza, y masajeó su frente, apoyándola sobre sus manos en un intento de recordar qué había sucedido exactamente.


Pero todo se nublaba entre los besos y las caricias de Laura, provocándole, ahora, una erección involuntaria que se hizo notar bajo la sábana que cubría, discretamente, justo aquella parte de su cuerpo desnudo.

Repentinamente, la breve tos de Mich le sobresaltó, descubriendo que éste estaba también en la habitación, desvestido y sobre su cama, mientras continuaba roncando como un condenado.


Empezó a espabilarse poco a poco, y se entretuvo observando la lencería femenina que estaba tirada por el suelo.

Parpadeó varias veces y volvió a contemplar la situación, considerando que, quizás, aquellas imágenes difuminadas en su pensamiento no habían sido ningún sueño…

Y aunque no podía negar que la italiana le atraía, no le gustaba nada lo que parecía haber ocurrido.

Se levantó, tambaleándose ligeramente, y anduvo hacia el baño para darse una ducha bien fría que le ayudara a esclarecer todo, al menos un poco.

Minutos después, volvió a la habitación, más despejado, y se vistió con un vaquero, todavía en ascuas, mientras su amigo empezaba a moverse…

- Eh, Mich – aprovechó para despertarle a la vez que el otro remoloneaba pronunciando algunas palabras ininteligibles – Tengo que hablar contigo… - insistió más o menos en alto.


- Ostras tío… - farfulló ahora más claro - Hmmm... Déjame dormir más… - protestó, estirándose al mismo tiempo.

- Explícame qué hacen por aquí tiradas todas estas prendas... – preguntó David sosteniendo entre sus dedos un tanga.

- ¿Y me lo vas a preguntar a mí? – respondió Mich, incorporándose sobre su antebrazo mientras se frotaba un ojo con la otra mano.
 

Y después de despertarse del todo, prosiguió...

– Pues no sé… Dímelo tú – añadió sonriente – Menudo machote estás hecho… - ultimó con sorna.

- ¿Qué dices? – frunció el ceño.

- No… No lo he dicho yo, sino Laurita… - guaseó burlesco - Bueno… En realidad lo han dicho todas ellas… – se levantó de la cama recogiendo del suelo su ropa mientras le dedicaba una mirada socarrona.


- ¿Todas? ¿Quiénes son todas? – le interrogó David, extrañado.

- No me vas a decir ahora que no te acuerdas de nada… Pues Carlotta y Feliciana… - afirmó, recogiendo al tiempo dos sujetadores del suelo y mostrándoselos al rubio para probar lo que decía.

David asintió varias veces con la mirada clavada en su amigo, sin recordar en absoluto lo que Mich afirmaba, al tiempo que tragaba saliva en un intento de rebajar la sequedad que aún conquistaba su boca…

- Pues no. No recuerdo nada – le aclaró – De lo que estoy convencido es de que la grappa que me dio tu “amiga” contenía algún tipo de droga… - comentó.

- La verdad es que, ahora que lo dices, tenías toda la pinta, porque estabas totalmente desinhibido… Vamos, fuera de ti… - carcajeó escandaloso.

- A mí no me hace ninguna gracia que poco menos me obliguen a mantener relaciones sexuales bajo el efecto de una droga... – afirmó David bastante serio – Por cierto, ¿pusimos medios? – preguntó preocupado.


- Por supuesto tío, las italianas iban bien preparadas – exclamó – En todos los sentidos… Menudas hembras colega... – reanudó la conversación – Y menuda noche nos hemos pegado… Esto hay que repetirlo... Cómo están estas tías de salidas, macho… Cualquiera diría que en Italia no hay machos que las satisfagan... – continuó, dejando claro que hablaba de una orgía en toda regla.

- Vale, vale… Ya está. No me hace falta que especifiques más – le cortó, recogiendo su móvil de debajo del escritorio – ¿Cómo ha acabado así? – murmuró la pregunta buscando la batería y la tapadera trasera del aparato.

- Pues como todo lo demás, supongo... – dijo Mich, encogiéndose de hombros.

Encendió su teléfono bastante malhumorado, pues normalmente trataba de estar siempre disponible por si a su tía Susan, que andaba algo delicada de salud últimamente, se le presentaba alguna urgencia...

- Siete llamadas perdidas de… ¿Albert? – se sorprendió, entrecerrando los ojos al tiempo que no dudó en devolver la llamada…


Tras algunos tonos, contestaron...

- ¿David? – se oyó la voz de Judith al otro lado.


- Sí. Soy yo. Buenos días Judith, perdona que te moleste pero tuve apagado el teléfono y acabo de ver varias llamadas perdidas de Albert… - enunció, cuando ésta le interrumpió.

- Lo sé… Verás David... - suspiró - Es mejor que vengas a Bridgeport lo antes posible. Fiona está en el hospital y hay algo… Algo muy importante que deberías saber… - afirmó, conteniendo la iniciativa de él cuando intentó preguntarle – Y… No es cosa de hablarlo por teléfono… ¿Vale? – acabó aplicando la cordialidad que desde siempre la caracterizaba y que, esta vez, no consiguió disfrazar su preocupación, sino contagiársela a él.

- De acuerdo, salgo ahora mismo, pero... Ella… ¿Fiona está bien? – insistió, percibiendo la voz histérica e imprecisa de Albert de fondo que parecía acercarse gradualmente.


- Sí, pero no dejes de venir – advirtió Judith, hablando rápido como si tuviera prisa – Te dejo y descuida, por suerte, ahora todo está bien... – colgó.

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