viernes, 28 de noviembre de 2014

Capítulo 27





“08:31 horas”
               
Después de haber recorrido durante más de una hora las calles contiguas, y otras no tan cercanas a su zona residencial, Leonardo decidió tornar a casa…

Consternado por el sinsentido de una realidad que se le escapaba de las manos...

Oprimido por la impotencia que bramaba en su interior repitiéndole, incansable, que la había perdido definitivamente.


Que Beatrice había recuperado la vista se le hacía por momentos más evidente, pues aquellos apuntes esparcidos por el suelo y su “escapada” eran prueba fehaciente de ello. Mas jamás se le hubiera pasado por la cabeza que el tan ansiado momento de su recuperación visual no envolvería su alma de felicidad e ilusión, sino de desdicha y culpabilidad.


Entró al ascensor y pulsó el interruptor del séptimo piso mientras, irremediablemente, proseguía dándole vueltas a todas las suposiciones que fluían con desorden por su pensamiento…


Tal vez ahora, al conocer el asunto de la maldita sustancia corriendo a través de sus venas durante las primeras semanas, Beatrice recordaba todo o parte de su pasado.

Quizás a estas alturas tenía perfecta conciencia ya de quién era.

Existía, incluso, la posibilidad de que supiese cómo regresar junto a quien protagonizaba sus, hasta entonces, imprecisas remembranzas…

- El de “ojos azules” musitó, casi inconscientemente.

Escucharse a sí mismo mencionándole le perturbó por completo, y una repentina quemazón interior, angustiosa e irrefrenable, se le extendió brusca a través del cuerpo, instaurándose finalmente en sus rodillas a modo de flojera.


Buscó apoyo, por un momento desorientado, contra las paredes que lindaban ya con los tabiques de su casa, y recapacitó, pareciendo censurarse a sí mismo sus propios sentimientos…

¿Acaso no era por lo que, precisamente, debería alegrarse? ¿Por su mejoría? ¿Por el hecho de que ella recuperase su identidad y su vida? ¿No era, a fin de cuentas, aquello que él mismo había estado fomentando como su terapeuta?

Pues no...

No era capaz de vivir sin ella.

No ahora que Beatrice le había curado el alma con la panacea de su amor...

No después de haber descubierto que a su lado volvía a adquirir sentido, después de mucho tiempo, su existencia...


Sin embargo, no se trataba sólo de su propio malestar y desasosiego, sino de algo mucho peor...

El de ella.

Pues si finalmente ésta no hubiese logrado rememorar su pasado era muy probable que se hubiera forjado una idea errónea de él y de su amor. Que tuviese la convicción de que la persona en quien confiaba ciegamente para salir de las garras del olvido no era más que un mentiroso movido por intereses incomprensibles para ella… Un vil embustero que todo este tiempo únicamente se habría aprovechado de su desvalido estado mental, y no menos de sus emociones.

Y continuó analizando esta posibilidad, convenciéndose gradualmente de que era la más probable, puesto que él no tenía nada que ver con el extraño origen de la sustancia, su supuesta administración o su evidente abandono en la rivera aquella noche de verano...

Efectivamente, la reacción de Beatrice era una prueba de que su desengaño debía haber sido tan contundente y falto de recuerdos que la habría empujado a salir de su vida en “estampida” al percibirle como todo lo contrario a lo que esperaba de él.

Entonces le sobrevino, implacable, el amargor de la decepción que en ese instante, adivinó, ella debía estar sintiendo también en cualquier otro lugar de aquella lluviosa y gélida ciudad.


Tragó saliva con cierta dificultad y, resignado, cruzó el umbral de la puerta que separaba su pesar del resto del mundo.


Echó un soslayado vistazo al vacío de su hogar, en el que el silencio imperaba solemne, pareciendo querer abrumarle mucho más que antes… Aún más que cuando las hubo perdido hacía ya más de dos años.

Vencido, anduvo lento hacia el ventanal que ocupaba al completo una pared del amplio salón y volvió a buscarla a través de él en un acto reflejo, mientras desabotonaba la empapada camisa que, adherida a su torso, prácticamente lo esculpía.

Se mal sentó en uno de los sillones próximos, y el incipiente resplandor vidriado fue conquistando inevitablemente el fulgor de su desalentada mirada oscura...


¿Y ahora? ¿Qué podía hacer ahora?


- Si por un instante pudieras sentir en tu pecho el latir de mi corazón Beatrice... Sabrías que te amo más que a mi propia vida… - exhaló, al tiempo que las frustradas ansias de encontrarla le rasgaban, crueles, el alma.

Y acabó sin remedio ahogando su lamento entre las palmas de las manos, tal que pretendiese obtener de ellas el alivio que tanto necesitaba y no veía alcanzar.


Su desconsuelo reverberó entre aquellas cuatro paredes calladas hasta que, repentinamente, dirigió la vista hacia la entradita y la clavó sobre su chaqueta que aún descansaba sobre la alfombra desde esa misma madrugada.

Esbozó su gesto ahora un hilo de esperanza y, sin dilación, se acercó a la prenda para buscar algo entre sus bolsillos interiores...

A estas horas debía estar ya en comisaría, pensó, aunque tampoco le importaba demasiado... Necesitaba hablar con él cuanto antes.

Aspiró brevemente la humedad formada en su nariz y marcó un número…


Conversación telefónica

Charles: ¿Sí?

Leonardo: Charles. Soy Leonardo… Buenos días… *Pausa brevemente pero su respiración denota intranquilidad*

Charles: Ah, buenos días Leo… *Carraspea* Dime.

Leonardo: No sé si te pillo en mal momento pero necesito saber si has descubierto algo respecto al caso de… Mi paciente…


Charles: Pues… No. La verdad es que no hay nada nuevo desde la última vez que hablamos.  Seguimos sin poder asumir quién es ni quién la abandonó en ese estado. Además de que esa chica no aparece en las bases de datos. Hemos filtrado a todas las Beatrice de este país y ninguna de ellas es tu paciente. Así es que o no se llama así o no tiene nacionalidad estadounidense.

Leonardo: Pero ya te comenté que creo que es italiana… ¿Has investigado sobre eso?

Charles: Sí… Ya hablé con un colega de la embajada italiana y me puso en contacto con un conocido suyo de nuestra embajada en Italia. Siento decirte que al parecer no hay ningún caso de desaparición en los últimos meses que concuerde con el de ella… O al menos, no hay constancia de ello. La verdad es que todo lo que envuelve este caso es muy extraño…

Leonardo: P-pero... *Se oye cómo su aliento va tomando un aire todavía más acelerado* ¿Cómo es posible que seáis tan incompetentes? Alguien tiene que ser su familia. Algún rastro tuvo que dejar quien le hizo eso. ¡No ha podido aparecer de la nada!

Charles: Te veo muy nervioso… ¿Acaso te estás involucrando más de lo debido en esto?

Leonardo: Eso a ti no te importa…

Charles: *Silencia*

Leonardo: *Suspira entrecortadamente* Lo siento... Perdóname…

Charles: No... Excúsame tú.

Leonardo: Es que… Estoy desesperado… Ha desaparecido.


Charles: ¿Cómo que ha desaparecido?

Leonardo: *Sus lágrimas se hacen evidentes* Beatrice se marchó esta madrugada sin avisar. Mira la que está cayendo, y no sé dónde está... Todo ha sido culpa mía… Si algo llegara a pasarle no me lo perdonaría jamás...

Charles: Ante todo, tranquilo. No ha podido ir muy lejos… Y no te culpabilices. Es cierto que no sé qué ha pasado, pero así no llegarás a ningún lado.

Leonardo: Estoy tan desorientado… *Seca la humedad de su rostro* Bridgeport es enorme. No se me ocurre qué hacer para encontrarla cuanto antes… Necesito denunciar su desaparición.

Charles: No es posible, Leonardo. Recuerda que archivé el caso a petición tuya para evitar precisamente que se hiciera cargo de ella el Gobierno... Sin contar con que denunciar la desaparición de alguien de quien no tenemos datos que certifiquen su identidad es imposible.

Leonardo: ¿Entonces, qué hago?

Charles: No lo sé... Por mi parte, lo único que puedo hacer es correr la voz entre mis hombres como algo extraoficial por si la vieran. Mostrarles la fotografía y estar atentos. Lo siento...

Leonardo: *Silencia por unos instantes* Aprecio de corazón tu apoyo, Charles… Y de nuevo, perdona mis modales…

Charles: De nada. Te informaré si averiguo algo nuevo sobre el tema. Serénate, todo saldrá bien…

Leonardo: *Asiente deseando sentirse reconfortado por esa idea*

Charles: Nos vemos… *Cuelga*

Leonardo: Ciao… *Presiona la tecla de colgado y deja el aparato sobre la mesilla*

Anduvo hacia sus apuntes, que seguían en el suelo. Los recogió y se acercó al escritorio, percatándose de que había algunas hojas nuevas en la bandeja del fax, pero ligeramente descolocadas.


Frunció el ceño y las recogió, recordando en ese justo instante a Richard diciéndole la noche anterior que le enviaría el informe comparativo que tenía sobre ambas sustancias.

Profundizó en su lectura y, a medida que avanzaba en ella, más se obcecaba en su teoría…

- ¡Es lo mismo! Lo sabía… Ha sido él… - formuló en alto, sintiendo unas incontenibles ganas de ir a conocer a ese alumno suyo que, definitivamente, cobró en su pensamiento un estrecho nexo con Beatrice...


Sí…

Encontrar la relación entre la sustancia y Beatrice era una forma de tener posibilidades de dar con ella, y era más que seguro que si conseguía recordar en los próximos días, conectaría con su pasado.

O tal vez no… Pero debía intentarlo.

Volvió con rapidez hacia la mesilla y marcó el teléfono de Richard.

Después de dos tonos, éste respondió...

Conversación telefónica

Richard: Buenos días, Leonard. Dime…

Leonardo: Buenos días. Acabo de ver el informe, pero… *Respira hondo* Me temo que primero lo ha leído Beatrice.


Richard: ¿Cómo dices?

Leonardo: Se ha marchado, Richard… Ha debido recuperar la vista y leer el informe y mis apuntes. Estoy totalmente abatido...

Richard: ¿Pasasteis la noche en tu casa?

Leonardo: Sí…

 

Richard: Te advertí que te enviaría por fax la documentación, Leonard… Ahora siento haberlo hecho.

Leonardo: No es culpa tuya, sino mía. Jamás imaginé que esto podría llegar a suceder… Estoy más abatido que nunca.

Richard: No se te ocurra venirte abajo, ¿me oyes?

Leonardo: *Se le escucha llorar*

Richard: Oye, y ¿Charles no podría decirte qué hacer?

Leonardo: Acabo de hablar con él. No puedo denunciar oficialmente su desaparición… Recuerda que para que yo pudiera seguir tratándola él me hizo el favor de archivar el caso y mantenerlo en el “olvido” hasta que consiguiéramos esclarecerlo del todo.

Richard: Cierto…

Leonardo: Richard… *Inyecta pesadumbre en su discurso* No puedo vivir sin ella, y lo digo literalmente… No sin por lo menos tener la certeza de que está bien. No sin antes tener la oportunidad de explicarle por qué le oculté lo de la sustancia.

Richard: Y, ¿qué piensas hacer?

Leonardo: Encontrarla. Aunque me lleve toda la vida.

Richard: ¿Sabes ya cómo?

Leonardo: Sí. Para empezar quiero conocer a tu alumno.

Richard: ¿Pero qué? ¿Para qué, Leonard? Estás obsesionado con la idea de que él está detrás de todo esto, y no tiene sentido…

Leonardo: ¿Qué no tiene sentido? ¡Es lo mismo! ¿Acaso no lo entiendes y has sido tú mismo quien lo ha confirmado en ese estudio comparativo?

Richard: Tranquilo, es lo mismo pero ni siquiera hemos conseguido reconstituirlo…  *Chasquea la lengua* Mira, démosle un poco más de tiempo a este asunto, ¿vale? Quiero esperar a recrear con él lo que por accidente obtuvo este verano… Es lo mejor, porque lo único que tenemos son los datos de su estudio, no la sustancia... Comprende que, de momento, no sólo no es conveniente intervenir, sino que no tendrías pruebas para acusarle de nada… Además, confío plenamente en él…

Leonardo: Tú confiarás en él, pero yo no. Es más, casi estoy perdiendo la confianza en ti con lo que me da a entender tu actitud.

Richard: Leonard, relájate... Por tu bien...

Leonard: ¡No puedo relajarme! Hasta que no esté frente a él no voy a parar. ¡¿Entiendes?! Me presento hoy mismo en la universidad si hace falta…

 

Richard: Pero si él no tiene nada que ver en su desaparición…

Leonardo: Lo sé, pero me temo que sí en todo lo extraño que rodea el caso de Beatrice. Tal vez ella haya recordado o recuerde en los próximos días su pasado, y por ende, todo lo relacionado con la sustancia… Si tu querido alumno es el creador de ese dichoso preparado puede que vaya a buscarle.

Richard: Te repito que David no tiene nada que ver en todo esto…

Leonardo: ¡¿Cómo que no?! Pero, ¿por qué le defiendes? ¿No entiendes que puede haberle hecho daño a Beatrice? Y lo peor, ¡puede volver a hacérselo!

Richard: Leonard… *Suspira con paciencia* No puedes inculparle en algo de lo que no tienes pruebas evidentes, y actuar sólo dejándote llevar por tus sentimientos hacia la afectada. Si te soy sincero, creo que necesitas encontrar un culpable que te quite esa carga que tienes a toda costa, y mi alumno parece ser el blanco ideal.

Leonardo: ¿Qué? *La indignación se hace patente*


Richard: *Silencia*

Leonardo: No sé por qué le encubres, Richard. Pero te digo una cosa… No todos los días nacen “lumbreras científicas” como este alumno tuyo descubriendo algo "espectacular" y tan parecido a lo que Beatrice tenía en su sangre. Y tú estás poniendo en juego su vida a cambio de tus ambiciones científicas…

Richard: *Calla*

Leonardo: O conciertas tú la cita o ya le encontraré yo mismo…

Richard: ¡Vale!... De acuerdo, conocerás a David*Sucumbe* Pero lo haremos a mi forma. Vuestro encuentro debe parecer totalmente casual, sin preguntas capciosas o enfrentamientos. Te lo ruego Leonard…

Leonardo: Perfecto... ¿Cuándo?

Richard: Yo vuelvo a Twinbrook esta tarde, pero no apareceré por la universidad hasta el lunes. Te avisaré entonces. Entre tanto, intenta estar tranquilo. No quiero que te hundas una vez más, amigo…

Leonardo: Si de verdad me consideras un amigo, aparta del caso tus propios intereses y trata de comprenderme y ayudarme…

Richard: *Enmudece*

Leonardo: Espero tu llamada, ciao. *Cuelga*

Richard: Adios…

*******

“Twinbrook-Bridgeport. 13:16 horas”

El tren viajaba a máxima velocidad y, sin embargo, le daba la sensación de que el tiempo se hubiese detenido por completo en un punto determinado, no tan remoto como podría parecer, de su memoria.


Lo cierto era que, desde su partida esa misma mañana, no había parado de imaginar y suponer con preocupación lo que podría haberle sucedido a Fiona. Se esperaba cualquier cosa…
                                                            
Pero esta incertidumbre llegaba a pasar completamente desapercibida al recordar, de forma inevitable, cómo se habían desarrollado sus últimos días en aquella gran ciudad.

Concretamente esa noche de finales de verano en que “su” cuerpo moribundo y tembloroso se aferraba a él con aliento entrecortado y tal desespero que pareciera suplicarle que no se separase de “ella” por nada del mundo… Que continuase abrazándola eternamente…


Entonces, el palpitar desmesurado de su corazón le “despertó” instalado, rebelde, en su garganta. Tal como si volviera a encontrarse ahora en ese preciso instante y lugar…
                                              
Pues era el mismo magnetismo irrefrenable de siempre el que se apoderaba de él. La misma ansia que le hacía atosigarse, ahora, al sentirse como si estuviera viajando al pasado… Como si fuera ésta la ocasión para enmendar lo que tantas veces se censuró a sí mismo…

¿Pero qué tonterías estaba pensando?

Él no tenía nada que ver con esa mujer... Nada...

Todo era tan absurdo que ni siquiera tenía la capacidad de entenderse a sí mismo.

Definitivamente estaba enloqueciendo…

Necesitaba una tregua. Un respiro que imploraba cada día pero que se presentaba inalcanzable por más que intentaba olvidarla.

Desvió melancólicamente la mirada hasta perderla, vacía, a través de la ventanilla del vagón, pretendiendo entretenerse con el paisaje, no muy lejano, de la gris Bridgeport que tanto le evocaba...

Y transcurridos unos minutos, que no supo calcular, el tren se detuvo en su destino.

Inspiró hondo y se dispuso a salir de la cabina.


Atravesó la estación y en seguida pudo ver la retahíla de taxis asomando entre la baja nube de vapor manando de sus tubos de escape y el bullicio de gente tomándolos.


- Buenas tardes… – saludó, entrando en uno – Al Central Hospital. Cuanto antes, por favor – le apuntó, mientras el taxista asentía e iniciaba la marcha.

“17 minutos después…”

La enfermera de recepción le indicó tan rápido cuál era la habitación de Fiona que casi pareció estar esperándole.

Subió a planta, notando en su estómago cómo los nervios le retorcían sin compasión, y anduvo ligero hasta dar con Albert, al final de uno de los pasillos, hablando cabizbajo con un doctor. Éste le descubrió también y David aceleró el paso hacia él, casi sin percatarse de que, a medida que se aproximaba, la mirada tranquila del pelirrojo iba tornando a un gesto fulminador…


- ¿Qué ha ocurrido? – le interrogó, aún evidentemente atosigado por la carrera…
- Maldito hijo de perra – espetó Albert, justo antes de asestarle un puñetazo certero en toda la cara que David no tuvo el reflejo de encajar.


En seguida saboreó en sus labios el caliente flujo rojo oscuro proveniente de su nariz y, con algo de torpeza, recuperó la estabilidad, dedicándole una mirada de desconcierto al tiempo que el médico sujetaba como podía desde atrás al iracundo de su amigo...


- ¿A qué ha venido eso? – le reprochó el agredido, intentando cortar la hemorragia sin descuidarse por si se le ocurría volver a embestirle.
                                                          
- ¡Albert! – exclamó en ese instante Judith, que volvía por el mismo pasillo con dos cafés de máquina temblando entre sus manos.


- No eres más que escoria… Mi hermana sufriendo por ti mientras te dedicas a fornicar con cualquier zorra… - masculló entre dientes, consiguiendo liberarse de la atadura del médico en un ademán de ir de nuevo a por él – ¡No la mereces!- exclamó.


Esta vez, su madre le sujetó desesperada, implorándole que se tranquilizase y bajase la voz.
                             
David se quedó en silencio, turbado por la acusación de su amigo… Estaba claro que se refería a la italiana y todo lo sucedido la madrugada pasada…

- Yo… Yo no quería… - empezó a enunciar cuando Albert le interrumpió…

– Ha intentado suicidarse desgraciado… - tomó aire - Ha sido un milagro que la cogiésemos a tiempo… Si hubiera dependido de ti ahora mismo mi hermana no estaría en este mundo… – consiguió crearle profunda culpabilidad.

Agachó la cabeza y recapacitó unos instantes. Ya podía imaginarse cómo se habría sentido Fiona al enterarse… Algo que ni él mismo podía recordar con claridad ni tenía idea de cómo habría llegado a sus oídos…


Judith se le puso al lado y con un pañuelo le limpió la sangre que aún manaba de uno de los orificios de su nariz, aunque ya escasa...

- Jamás ha sido mi intención hacerle daño… Jamás. Al contrario, y lo sabes Albert… - murmuró en un hilo de voz mientras el pelirrojo continuaba pulverizándole con la mirada - Lo siento de veras… - se disculpó sinceramente.

- ¡¿Lo sientes?! – gritó, de nuevo fuera de sí - ¡¿Es lo único que sabes decir, hipócrita?! – le increpó.

- ¡Albert! – Judith censuró a su hijo - Tranquilo. Todos cometemos errores… - prosiguió con voz temblorosa y pausada.

- Esto es inaudito… ¿Estás a su favor? - se indignó más si cabía.


- No. De lo único que estoy a favor es de solucionar esta situación de la manera más tranquila y pacífica posible… – intentó meterle en vereda – Déjame que sea yo quien se lo diga… - le sugirió, agarrando ligeramente a David del brazo para guiarle a una sala de espera contigua, mientras éste la miraba no menos preocupado que perplejo…
                                                                               
- Me gustaría que fueses sincero… ¿Qué sientes por mi hija? – preguntó por sorpresa buscando su mirada.

- Yo… Os estaré eternamente agradecido por todo lo que hicisteis por mi madre y su enfermedad, y jamás os lo podré pagar. Hay algo con lo que, sin darme cuenta, crecí, y era la sensación de que, en cierta manera, me debía a la familia Feller… Y... En cierta forma, he intentado “saldar” indirectamente mi deuda procurando darme a Fiona del todo. – agachó la vista por un momento antes de volver a clavarla en sus ojos marrones – He deseado amar y corresponder a tu hija, Judith, pero me es imposible… La quiero muchísimo, pero como una amiga, no como la persona con la que compartiría mi vida… - murmuró.

- Claro, pero para “trincártela” sí te servía… - le asaltó Albert, a lo que su madre volvió a reprobarle con la mirada y se dirigió de nuevo al rubio.

- Lo sé. Últimamente no veía la ilusión de un enamorado reflejada en tus ojos cuando venías a recogerla. También sé que mi hija tiene un carácter difícil. Pero, creo que deberías haber sido franco con ella, al igual que lo estás siendo ahora mismo conmigo… - suspiró - A veces actuamos creyendo que hacemos lo correcto para evitar algo peor que, paradójicamente, estamos favoreciendo... Pero, así es la vida, y todos estamos expuestos a errar. Gracias a Dios, ahora todo está bien. Sólo quería cerciorarme de que mis suposiciones eran ciertas, pero lo importante en estos momentos no sois vosotros dos… - calló un instante adquiriendo un gesto de fingida tranquilidad - Sino vuestro futuro hijo… – bisbiseó finalmente.

- ¿Q-qué? – consiguió formular bajo un aplacado tartamudeo.

- Mi hija está embarazada… En su vientre late el corazón de vuestro hijo – sentenció.

David dio un paso quebrado hacia atrás...

- Me dijo que estaba en tratamiento con anticonceptivos – murmuró aquel pensamiento en alto.


- Ya quieres zafarte… Sabes perfectamente que esas cosas pueden pasar. Pero claro... Después de haber sido abandonado por tu padre cuando ni siquiera tenías uso de razón es lógico que dudes hasta de tu paternidad... - le hirió un cruel Albert.

- ¡Albert! – le desaprobó Judith nuevamente.

El rubio tragó saliva y un repertorio de imágenes se apoderó de su pensamiento a modo de flash…



Tras perder la vista durante unos segundos en el combinado de colores de las losas del suelo que, intermitentemente, parecía entretenerle y evadirle de la recién sabida realidad, le miró a los ojos consternado, pero decidido…
                                        
- No Albert. Yo me haré cargo de mi hijo por encima de todo – afirmó – Como bien dices, sé perfectamente lo que es crecer sin un padre y vivir la muerte de una madre. Por eso valoro sobremanera el significado de la familia – sentenció - No como otros… - ultimó desafiante.

- Según el doctor, el embarazo va a ser difícil... – carraspeó Judith, intentando desviar un inminente enfrentamiento entre ellos - Su estado es delicado y no se le puede dar disgustos, sobre todo en estos primeros meses, pues corre riesgo de perderlo. Es un embarazo difícil – advirtió, mirando a ambos – No debemos hacer alusión a este tema todavía. Ella no sabe nada aún, y no quiero imaginar cómo se lo tomará cuando se entere, por no hablar de Edward... – musitó, perdiendo la mirada hacia la puerta de la salita.

- No hay ningún problema, porque “éste” se va a casar con ella cuanto antes, y cuando Fiona conozca que está embarazada nos haremos de nuevas… - afirmó Albert convencido.

- ¿Casarnos? - replicó David a modo de interrogación - Yo me haré cargo de mi hijo, pero no puedo casarme con Fiona. No la amo… - enunció con clara negativa.

- ¿Y? – irrumpió el pelirrojo - Haberlo pensado antes… Ahora tendrás que afrontarlo. O te casas con ella o ni siquiera conocerás a tu hijo, así de claro. Ya me encargaré yo de eso, como Feller que me apellido – afirmó, recordándole quién era él y su influencia.

- No todo se arregla siempre con un matrimonio, Albert, y menos si una de las partes no siente amor verdadero por la otra - dijo Judith, tal vez impregnando sus palabras de su propia experiencia – Una unión que no se desea por ambas partes, sólo por guardar apariencias, está abocada al fracaso y es un error… Además, habrá que esperar a que tu hermana sepa de su estado para que ella también decida qué hacer con su vida… - señaló, con la típica tranquilidad que la caracterizaba y que parecía haber recobrado tras ver la reacción de David para con su futuro hijo – No obstante - miró al futuro papá - La llegada de un nuevo ser al mundo es algo tan inmenso que ha de llenarnos de alegría. Y nosotros tenemos que preocuparnos de que todo sea propicio porque él no ha pedido venir al mundo, aunque tengamos que tomar decisiones contrarias a nuestros deseos que marquen, incluso, nuestra vida... Todo será por su bien... Sé que esto es un palo para ti. De hecho, en cierta manera, lo es para todos… Pero así lo ha querido Dios amasó el hombro del rubio - Creo que ha llegado el momento de que Fiona sepa que has venido. A pesar de todo, no te guarda rencor. Me ha dicho antes que le gustaría verte cuando llegaras, y según el psicólogo puede ser muy beneficioso para ella percibir tu apoyo, pues parece que pensar que te había perdido la empujó a hacer tal locura. Voy a ver qué tal está y te aviso, ¿vale? – ultimó, mientras David afirmaba cabizbajo, quizás intentando asimilar aún la noticia.

Desapareció por la puerta y Albert sólo añadió algo más antes de que su madre regresara…

- O te casas con Fiona o ya sabes lo que te espera. Voy a hacerte la vida imposible… - amenazó escueto y claro - No pienso permitir que mi hermana sea la comidilla de la alta sociedad de Bridgeport... – murmuró.


*******

La puerta volvió a abrirse, pero esta vez la atravesó una melena rubia.

- Has venido… - jadeó Fiona en un hilo de voz tembloroso.
              
David se acercó, despacio, esbozando en su gesto una tenue sonrisa que no se correspondía con la tristeza que albergaba su mirada, y se detuvo a los pies de su cama.


- ¿Qué te ha ocurrido en la nariz? – entrecerró los ojos intentando verle mejor.

- Ehm… Nada. Me di un golpe de camino… - mintió.

El silencio se apoderó del ambiente durante unos instantes hasta que él decidió romperlo…

- Perdóname, Fiona… - se acercó del todo a ella para acariciar su mejilla con cariño… Un sentimiento que en verdad sentía pero no de la forma que se esperaba de él.

Ella asintió con gesto lastimoso…

– Nunca he querido dañarte. Y es importante que sepas que... Te quiero… - suspiró, intentando evadir el recuerdo de “ella” que asomaba, tan inoportuno como siempre, para pellizcarle la memoria – Y… Que no voy a separarme de ti mientras tú desees seguir junto a mí… – añadió, estableciendo un contacto más cercano entre ellos, al tiempo que su ser se estremeció en una extraña convulsión.


Ella silenció y evitó el celeste de su mirada, retirándole la vista por unos segundos…

La voz femenina tras Stephan volvió a aparecer en su recuerdo, haciéndose eco, dolorosa… Y con ella, la orgullosa y aplastante frustración que había anulado por completo sus ganas de vivir hacía escasas horas.

No entendía del todo el drástico cambio de actitud del rubio.

Seguramente ahora mismo sólo hablaba su preocupación por lo que ella había hecho y no sentía nada de lo que decía de corazón, pero eso no le importó ya lo más mínimo... Estaba convencida de que reforzando su relación con David sería capaz de promover en Stephan los celos descomunales que a ella la esclavizaban ahora mismo... Y, sólo así, podría recuperarle...

- Te perdono. Y no quiero saber nada de lo que has hecho, David. Sólo deseo ser feliz junto a ti... – musitó.


Éste suspiró, acogiendo entre sus manos el trémulo tacto pálido de ella. Tal vez sí podía llegar a amarla. Quizás la llegada de un hijo podría cambiarlo todo... Intentó asimilar su deber como padre, el de procurar sobre todas las cosas el bien de su hijo...




*******


La exigua luz del ocaso se evaporaba ya tras los rascacielos que conformaban el horizonte de la interminable Bridgeport, llevándose con ella los escasos vestigios de esperanza que conservaba de sobresaltarse con el timbre de su puerta en cualquier momento.


Parecía claro que Beatrice no regresaría… Mas no se daría por vencido tan fácilmente...
                         
No cejaría hasta volver a verla o, de lo contrario, sabía que su desgarradora ausencia se encargaría de desvincularle de esta vida…

Se puso la cazadora y no tardó en salir por la puerta, asimilando con extrañeza cómo, de la noche a la mañana, su realidad había adquirido un cariz drásticamente diferente.


Comprendiendo que su vida estaba, sin remedio, supeditada a Beatrice…

A su aliento y a su mirada… A sus sonrisas y a sus lágrimas… Al temperamento de su carácter aplacado por la fragilidad de su voz y a su tacto delicado, a la vez que fervoroso…

Y es que no era capaz de dejar de pensar en ella.

Salió del edificio y anduvo varias manzanas abajo, sin dejar de observar con insistencia todo a su alrededor, intentando atisbar entre los viandantes el escarlata de su vestido, el radiante castaño de su cabello, la pálida perfección de su piel y el halo de su presencia...


Mas fue en vano...
           
Cuando por fin llegó a su destino, la sensación de que ella estaba allí, esperándole, le ofuscó en una especie de ilusión arrebatadora que ni siquiera el gemido y la zalamería de Bruno pudo apaciguar.

Pasados unos segundos, pareció reaccionar y recogió al cachorro que le recibía moviendo la colita con alegría.


Se adentró en el apartamento... Aquel que había sido testigo de su lucha interna y de sus ansias de amarla… De sentirla y hacerle sentir lo más importante de su vida… De compartir su existencia con ella para siempre…

Pero allí no había nadie más que él y el travieso perrito.

Se acercó a la puerta del dormitorio y la cruzó despacio, imaginando lo que daría por encontrarla ahora mismo peinándose frente al espejo, o tal vez descansando en su cama.


Suspiró, apretando por un momento los ojos, mientras se proyectaba en su mente la imagen de sus cuerpos aferrados, encendidos con la calidez de sus caricias y sometidos a la pasión de sus besos, pero envueltos entre las sábanas de aquel lecho.


- Todo sería tan distinto ahora si no hubiésemos salido anoche de aquí... - habló solo, acercándose con aturdimiento a la cómoda.

Abrió uno de los cajones y asió con delicadeza uno de sus camisones...

- Perdóname Beatrice… Perdóname – suspiró, mullendo sus palabras en él, pues sólo el recuerdo de los momentos vividos allí podría satisfacer ya su deseo de ella.

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Respecto a Charles ya se hizo referencia a él en un capítulo anterior, hacia el final del mismo.

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